[En el barrio de la Candelaria de los patos] de trecho en trecho se ven esos espectáculos repugnantes del mendigo que se sienta a comer su miserable pitanza ganada a súplicas, o a la hembra del bronce que en mitad de la calle, multicolor su traje, reluciente la cabellera de pomada, arroja piropos al transeúnte: un ‘chulo’ o un zapatero de barrio.2
Allá, en el apartado barrio de la Palma, formado por calles tortuosas y casas bajas, que más que tales parecen miserables barracas de gitanos; en ese barrio, al que la policía no se atreve a penetrar, por temor de hacer un viaje al otro mundo, dada la dulzura de carácter de sus moradores.3
Introducción
A finales del siglo XIX y la primera década del siglo XX, los barrios populares de la Ciudad de México llamaron la atención de diversos escritores, cronistas, viajeros, periodistas, autoridades médicas y vecinos de la ciudad. Los espacios, los habitantes y las prácticas que coexistieron en aquel mundo marginado de los barrios periféricos de la ciudad se convirtieron, ante la mirada y el juicio de aquellos personajes que observaban desde fuera, en bajos fondos que debían ser combatidos en tanto que representaban la antítesis de la modernización porfirista, misma que buscaba sanear, higienizar y ordenar la Ciudad de México.4
A partir de los años ochenta del siglo XIX se llevaron a cabo algunas transformaciones urbanas, con el fin de proyectar la imagen de una ciudad moderna y, como refiere Hira de Gortari, “se edificó buscando una correspondencia entre el paisaje urbano y la imagen de ‘orden y progreso’ que la elite porfiriana se había formado de sí misma y de la que hiciera ostentación pública”.5 En virtud de ello, se ampliaron paseos, jardines y avenidas, se construyeron nuevos fraccionamientos, colonias y fastuosos edificios, se pavimentaron calles, se realizaron importantes obras hidráulicas -como el desagüe y el saneamiento-, se incorporaron novedosos servicios como el alumbrado eléctrico, de transportes y de limpia; además, se construyeron y abrieron grandes tiendas, almacenes, teatros y cafés.6 María Dolores Morales señala que a partir de la década de los años ochenta la ciudad enfrentó un aumento considerable en número de habitantes y en extensión territorial, de modo que no fue posible que aquellas transformaciones llegaran a todos los rincones de la ciudad.7 Esta situación llevó a privilegiar algunas partes de la ciudad en detrimento de otras, siendo las zonas populares las que resintieron en la vida cotidiana la falta de servicios urbanos.8
De esta manera, aquella ciudad que quería proyectarse como moderna y cosmopolita mostró, ante todo, tener notables distinciones sociales y espaciales. En este sentido, Manuel Gutiérrez Nájera -escritor, ensayista, poeta y observador de la ciudad- enfatizó: “No, la ciudad de México no empieza en el Palacio Nacional, no acaba en la calzada de Reforma. Yo doy a ustedes mi palabra de que la ciudad es mucho mayor. Es una gran tortuga que extiende hacia los cuatro puntos cardinales sus patas dislocadas. Esas patas son sucias y velludas”.9 Esas “patas dislocadas” trastocaron el mapa social ideal10 tan anhelado por la élite porfirista, convirtiéndose en la contraparte de la ciudad moderna y sus habitantes, las clases populares que otrora formaron parte del paisaje capitalino, en potenciales sujetos peligrosos.11
En este tenor, el objetivo de este texto es conocer las representaciones que se hicieron de aquellos barrios populares que quedaron fuera del proyecto de modernización de la Ciudad de México en la época porfirista. En específico, nos interesa conocer las narrativas que se crearon sobre la Candelaria de los Patos y Santo Tomás La Palma,12 las cuales fueron propagadas a través de diarios,13 crónicas e informes médicos, mismas que alimentaron un imaginario social en torno a estos sitios.14 Estos barrios se encontraban al sureste y al oriente de la Ciudad de México, tuvieron un origen indígena, características físicas y sociales similares y pertenecieron al cuartel número II, mismas que fueron utilizadas por escritores, cronistas, autoridades médicas y la prensa de la época, para construirles una “siniestra fama”,15 al punto de encarnar en ellos esos bajos fondos que comenzaron a ser más visibles en la ciudad moderna.16
La proximidad y el parecido que había entre estos barrios ocasionaron que fueran confundidos por la irregularidad de sus calles, la suciedad de sus plazas, la composición geográfica, social y cultural, elementos que contribuyeron a que quedaran homogeneizados como un solo espacio, como un rumbo peligroso de la ciudad. Alrededor de ellos, se difundió un conjunto de narrativas que, como veremos, resaltaron las carencias materiales, las prácticas sociales y las creencias populares, convirtiéndose éstas en el foco de atención de las élites e intelectuales que expresaron sus preocupaciones, sus miedos y sus inquietudes, los cuales, tal como señala Elisa Speckman, no pueden ser entendidos sino a la par de los cambios vertiginosos que ocurrieron a finales de siglo XIX en la Ciudad de México, pues fue un momento “de quiebre de estructuras, valores y costumbres tradicionales”.17
Para exponer estas narrativas, el artículo está integrado por cuatro apartados. En el primero abordamos cómo se articuló un discurso en torno a los barrios populares de la Ciudad de México que posicionó a la Candelaria de los Patos y a Santo Tomás La Palma como parte de esos bajos fondos de la ciudad, que delinearon una cartografía criminal. En el segundo y el tercero nos aproximamos a la composición material y social de aquellos barrios. En el cuarto se analizan las representaciones de prácticas y actividades de los habitantes de estos lugares, las cuales alimentaron el imaginario social sobre esta zona. Por último, presentamos algunas reflexiones finales.
La construcción de una cartografía criminal
El proyecto de modernización impulsado durante el Porfiriato fue alentado por un conjunto de ideas en torno a la salubridad, la moralidad, la seguridad y la movilidad, ideas que, poco a poco, diferenciaron el espacio capitalino de manera material e imaginaria. Los rumbos y barrios populares localizados al norte, oriente y sureste de la ciudad comenzaron a mostrar contrastes con las nuevas, higiénicas y civilizadas colonias que se levantaron al poniente. Los discursos que circularon en la prensa y en las instituciones mostraron el miedo a la suciedad, a los gérmenes y a la otredad, alimentando una imagen de la ciudad “ficticia” e “imaginaria”, en donde el barrio fue sinónimo de “una ‘fraternidad del delito’, de criaderos del vicio, escuelas del crimen”18 y no la consecuencia de una urbanización que privilegió a un sector de la población y diferenció a otro. A lo anterior, se sumaría una serie de reglamentaciones y propuestas de control para vigilar las prácticas individuales y las colectivas -principalmente de los sectores pobres de la población-, que encontraron en el discurso cientificista un faro para modelar nuevas prácticas del ciudadano moderno y civilizado.19 En este tenor, el escritor Guillermo Prieto afirmaría que estas distinciones habían consolidado dos tipos ciudades: “la ciudad de los desdichados” y “la ciudad de los palacios”.20
Algunos autores como María Dolores Morales, Hira de Gortari, Andrés Lira, Pablo Piccato, Gilberto Urbina y Ernesto Aréchiga coinciden que durante el régimen porfirista se exacerbaron las diferencias sociales, económicas, culturales y espaciales. Morales refiere que el proceso de “desarrollo acelerado” de finales del siglo XIX llevó a que ocurriera “un fenómeno de segregación de la población de barrios, de acuerdo con sus ingresos, más asociado a una estructura de clases sociales”.21 De Gortari señala que tales ambivalencias fueron resultado de “un modelo de urbanización y desequilibrio”, pues “el contraste saltaba a los ojos de cualquiera que tuviera una visión de la ciudad en su conjunto”.22 Lira designó a estas desigualdades “distancia social”.23 Para Pablo Piccato se trataba de “un espacio urbano fragmentado” que fue producto de “una división racional entre las áreas centrales, seguras y bellas de la ciudad moderna y las zonas marginales, peligrosas e insalubres”.24 Para Urbina, “dichas estabilidad y orden fueron sólo un espejismo de paz, prosperidad y progreso”, por lo tanto, sólo fueron “espejismos de modernidad” que unos cuantos tuvieron oportunidad de disfrutar.25 Por su parte, Aréchiga refiere que “la ciudad expresa en su estructura misma las contradicciones inherentes a una sociedad dividida en clases, es un espejo en donde se reflejan las desigualdades sociales”.26
No obstante, para los diarios de la época y la élite porfiriana que observaba y escribía sobre aquellos barrios, la realidad que se vivía en ellos no era producto de estas desigualdades que incrementaron con el proceso de modernización, sino que era consecuencia de la degradación física y moral, de los vicios, de los crímenes, de la pobreza y la suciedad de los propios habitantes de estos lugares. Lo anterior eximió de la responsabilidad al gobierno, a las instituciones y a las autoridades, quienes, más que menguar estas condiciones, alimentaron estas marcadas diferencias. En este sentido, la prensa y la élite, a través de artículos, crónicas, informes e imágenes exacerbaron las condiciones de aquellos espacios, constituyendo entonces bajos fondos capaces de albergar a valentones, a delincuentes, a criminales, a “potenciales perturbadores del orden social”27 o a “sujetos peligrosos”.28
De acuerdo con lo anterior, Antonio Padilla Arroyo refiere que las caracterizaciones que se hicieron de estos lugares, si bien, partían de una realidad concreta: condiciones físicas determinantes, falta de servicios e infraestructura, “las descripciones de estos territorios se pulieron por medio de metáforas”29 que potencializaron las carencias materiales y sociales, de manera que el espacio justificaba el tipo de personas que lo habitaban y la vida que se desarrollaba en los barrios, quedando asociados, la mayoría de las veces, con “escenarios del crimen”, “males sociales” y “perfiles sociales” vinculados al vicio, delincuencia y “conductas desordenadas”. De manera que actores sociales y espacios físicos mantuvieron una relación simbiótica que configuró un “cosmos extraño” y “seductor” afianzado por las “percepciones, representaciones e ideas [que] elaboraron un imaginario colectivo que asoció los barrios más populares de la ciudad de México al desorden, al vicio, al crimen, y en general a las conductas antisociales”,30 pues las caracterizaciones y atributos que se les confirieron a estos lugares fueron pensadas por sujetos que pertenecían a sectores privilegiados que no sólo tenían en mente la construcción de una ciudad moderna ideal, ordenada, civilizada e higiénica, sino que gozaban de estas prebendas y mostraban su repudio, temor o indiferencia a estos sectores.
Para James Alex Garza, los bajos fondos que creó la élite porfirista quedaron situados lejos del cuadro principal de la ciudad, formando parte del “otro lado”, del “submundo imaginario”, en donde había un sinnúmero de “colonias populares, barrios, pulquerías y vecindades”.31 Este otro mundo, señala Claudia Canales, abrió sus puertas al “peladaje, el lépero: habitante del arrabal de las orillas o del vecindario de quinto patio, asiduo al garito de medio pelo o al prostíbulo de romper y rasga, a tugurios y piqueras, a figones y cuchitriles donde merodeaban chichifos y teporochos, matachines y pinacates”,32 es decir, personajes, prácticas y modos de vida que se diferenciaron de los hábitos modernos que adoptaron las clases privilegiadas.
En este orden de ideas, Ernesto Aréchiga refiere que, a diferencia de las nuevas colonias y fraccionamientos, los barrios y rumbos populares fueron descritos desde una mirada externa y expectante como lugares peligrosos que se oponían a las ideas del progreso, modernidad y civilidad, pues alrededor de ellos se construyeron narrativas que enfatizaron “los aspectos más sórdidos e inhumanos de esos fragmentos del tejido urbano”.33 De manera que en el interior de ellos se gestaba:
[...] Un modo de vida que se presenta como ‘anormal’ porque no respeta las normas en vigor dentro de la sociedad y contraviene el orden de los valores establecidos. La pobreza tanto económica como moral, en una especie de determinismo fatal, facilitaría el medio para la realización de actividades ilícitas. El barrio, dotado de insuficientes o a veces inexistentes servicios urbanos, permitiría el hacinamiento, la promiscuidad y por tanto la degradación moral de sus habitantes.34
En este sentido, notamos cómo es que se comienza a diferenciar el espacio dando paso a un conjunto de imaginarios sociales que producen una cartografía que estigmatiza, criminaliza y margina a los barrios, sus habitantes y sus prácticas. Estos espacios, tal como sugiere Jorge Alberto Trujillo Breton, tuvieron un doble estigma: el geográfico y el social, ambos con una fuerte carga subjetiva y moralizadora. Así, el espacio se torna peligroso y sus habitantes, por ende, en “sujetos marginales, desviados o anormales”.35 Por su parte, para Hira de Gortari, “las desigualdades entre riqueza y pobreza eran tangibles y se manifestaban por el lugar habitado: la vieja ciudad de raigambre colonial o las nuevas colonias”.36
De acuerdo con lo anterior, la ciudad vieja y marginal se caracterizó por albergar “zonas relegadas, deprimidas, sucias, pobres, perdidas, los márgenes sórdidos con sus callejones lodosos, los tugurios, los empedrados, los ‘hoyos, el fango y construcciones inacabadas’”;37 mientras que la ciudad que se levantaba hacia el poniente haría gala de la modernización, el orden y el progreso. Así, se trazó una cartografía criminal que se nutrió de los imaginarios sociales y de las representaciones que construyó la élite porfirista. De este modo, los barrios populares como la Candelaria de los Patos y el de Santo Tomás La Palma terminaron por convertirse en estereotipos del hogar del pueblo bajo y, por ende, quedaron circunscritos dentro de una cartografía criminal propia de los bajos fondos en donde coexistieron, según las élites, los vicios, la miseria, el crimen, la suciedad, la ignorancia y la superchería, ideas que se cimentaron durante del Porfiriato y que continuaron manifestándose -casi sin ningún cambio- durante los primeros años de la Revolución Mexicana.
La Candelaria de los Patos
Las condiciones geográficas, materiales, sociales y culturales que existían en el barrio de la Candelaria de los Patos se convirtieron en las fuentes principales que utilizaron las autoridades y la prensa de la época para descalificar aquel espacio con casuchas y jacalones construidos, con malos olores y enfermedades causadas por la falta de agua limpia, de calles y plazas aseadas, de acequias y canales desazolvados. Sumado a lo anterior, las costumbres, las festividades, las creencias y los oficios que la gente realizaba, fueron interpretados desde una mirada externa como prácticas antiguas y “exóticas” que chocaban con las refinadas y civilizadas prácticas de la élite de la capital. A razón de lo anterior, la Candelaria de los Patos se convirtió en un espacio proclive al crimen, al vicio, a la miseria y a la fatalidad.
El barrio de la Candelaria de los Patos38 quedó a las “afueras” del cuadro principal de la Ciudad de México. Si bien, el espacio lacustre que le rodeaba lo convirtió en un lugar “muy fértil y húmedo”,39 en una zona de chinampas, de abundante zacate y se distinguió por la caza y venta de patos, las transformaciones aceleradas de la ciudad y de sus alrededores ocasionaron que, poco a poco, estas actividades de subsistencia quedaran en el pasado, pues el lago y las acequias de las que dependían sus habitantes se habían convertido en espacios cenagosos e insalubres. No obstante, a pesar de estas condiciones, para finales del siglo XIX y ya entrado el siglo XX, los vecinos continuaron con algunas de aquellas prácticas que se resistían a desaparecer y permanecían como vestigios de aquella ciudad antigua. Así, el historiador José María Marroquí escribió que a pesar de que para principios del siglo XX el paisaje que distinguía aquel lugar había sufrido cambios considerables, pues las acequias que cercaban el barrio se encontraban “asolvadas y casi ciegas”,40 se podía observar que se preservaba la tradicional venta de patos por las noches.41 Así, los habitantes de la Candelaria de los Patos no sólo deleitaron el paladar de muchos, pues “el apetito gastronómico de las gentes del pueblo no deja[ba] de comprar[lo]”,42 sino que esta práctica se realizó a pesar de los riesgos que implicaba para las vendedoras al tener que salir y comerciarlos hasta altas horas de la noche.43
Diversos escritores no sólo describieron este tipo de prácticas cotidianas y de subsistencia que se generaban al interior del barrio, sino que consideraron la necesidad de remarcar las carencias materiales, confrontando su realidad, en reiteradas ocasiones, con aquellas zonas en donde se visibilizaba la modernización urbana. En la crónica escrita por Ignacio Manuel Altamirano en 1869, “Una visita a la Candelaria de los Patos”,44 quedó descrito este barrio como un lugar situado al sureste de la Ciudad de México que parecía ser el “cinturón de miseria y de fango” que rodeaba el centro dorado, pues en él no sólo había zanjas con agua estancada, sino que se sumaba el descuido por parte de las autoridades, quedando al abandono del “lujoso carruaje del médico” y del “ángel de la caridad”. Empero, lo anterior no sería lo único que escribiría Altamirano, la pluma del escritor volvió a poner énfasis sobre los barrios marginales de la Ciudad de México y enunciaba, en una de las páginas del periódico El Siglo Diez y Nueve, que por algunos rumbos populares se podía presenciar “la salvajería, desnudez, las casas infectas, en que se aglomera una población escuálida y muerta de hambre, familias enteras de enfermos y pordioseros, el proletarismo en su más repugnante expresión”45 y, de nueva cuenta, la Candelaria de los Patos seguía formando parte de aquella Cour des Miracles.
Las precarias condiciones materiales de este barrio llevaron a Ignacio Manuel Altamirano y a las propias autoridades a señalar el incremento de la delincuencia y la falta de seguridad en la zona. A decir del diario La Patria, entre la Alamedita y la Candelaria de los Patos, “no ha[bía] ninguna seguridad, y abunda[ban] los rateros y las mujeres de mal vivir; los que allí más bien sirven de policía, son dos grandes perros bravos que con sus ladridos desvelan al vecindario, y con su fama de valientes no dejan acercarse a nadie en la noche”,46 pues las autoridades del ayuntamiento, refería Altamirano, “apenas cuelga por allí un farol de aceite, por la noche, y la policía envía a sus gendarmes más bien para acechar que para cuidar”.47 La falta de seguridad causada por la poca vigilancia, por la carencia de alumbrado y por los caminos sinuosos, se convirtieron en el escenario perfecto para cometer cualquier infracción, crimen o robo, tornándose una situación recurrente para las autoridades y para sus habitantes. Ante esta circunstancia, la Inspección de Policía expresó, casi de manera resiliente: “natural es que sucedan, toda vez que la Demarcación referida [aludían a la segunda demarcación], por su extensión, no es fácil que esté bien vigilada, por el corto número de gendarmes con que cuenta”48 (véase mapa 1). Empero, como podemos observar, a las condiciones geográficas, materiales y sociales del lugar se sumaron otras causantes de mayor peso que pocos escritores se atrevieron a señalar, la propia responsabilidad de las autoridades al no contar con los elementos necesarios para terminar con dichos problemas.
De acuerdo con el Informe del inspector Sanitario del Cuartel núm. 2, realizado en 1897, el inspector enfatizó que las condiciones de precariedad y suciedad que había en el cuartel dos habían aumentado de manera considerable el número de casos de “infección tífica”. Al respecto, se indicó que la “falta de aseo de las vías públicas, la carencia de agua, aun para las necesidades más apremiantes, la falta de atargeas [SIC], de pavimentación en plazuelas y calles, que dan por resultado lo difícil o impracticable de conservarlas aseadas y por lo mismo, en buen estado higiénico”.49 El inspector F. P. Bernáldez señaló que la situación en la que se encontraba aquel cuartel no era novedosa, pues él mismo ya lo había reportado en otros informes. El barrio de la Candelaria de los Patos, así como las calles y los callejones cercanos a él, continuaban siendo asolados por viejos problemas, pues cerca de su plazuela existía:
Una gran zanja, enteramente azolvada y llena de materias orgánicas en putrefacción, y que constituye un verdadero foco de infección; el callejón de la Alamedita, que se encuentra en idénticas circunstancias; el callejón del Muerto, convertido en muladar; el de San Cipriano; el de Zavala; el de la Pradera; etc., etc., pues todos ellos son atravesados por caños que en general no tienen corriente y en los que quedan estancadas aguas sucias; y en general toda especie de desechos. Lo que se acaba de decir de las vías públicas puede igualmente decirse de la mayor parte, por no decir la totalidad de las habitaciones que componen este Cuartel; así es que por el interior de ellas pasan zanjas sin corriente; porque no sirven para desagüe y sobre las que se instalan excusados que no consisten más que en una simple tabla con agujeros y que por lo tanto, son esos excusados lo más antihigiénico que se pueda imaginar. No habiendo atargeas [SIC], las aguas empleadas en los usos domésticos escurren por caños descubiertos que son los que se encuentran en todas las calles de este cuartel.50
La plazuela de la Candelaria de los Patos fue famosa por tener una fuente que, cuando no estaba vacía, estaba llena de agua sucia y estancada.51 Esta situación fue expuesta por los vecinos, quienes solicitaron a las autoridades atender aquel problema.52 No obstante, a pesar de que inspectores y vecinos se quejaron de las condiciones antihigiénicas y la falta de seguridad, las autoridades no se mostraron dispuestas a remediar las necesidades que ponían en riesgo a los habitantes de aquellos lugares y, años más tarde, cincuenta vecinos del barrio de la Candelaria de los Patos y de Santo Tomás La Palma enviaron una misiva a la Dirección de Obras Públicas y al Consejo de Salubridad para reportar, de nueva cuenta, los estragos que les ocasionaba el agua estancada de las zanjas y la suciedad de las calles. En la misiva se solicitaba que mandaran diariamente agua corriente para limpiar la zanja que atravesaba por la plazuela de la Estampa, la Candelaria, La Palma y las calles de Cocolmeca y Abraham Olvera, las cuales se encontraban llenas de “basura, excremento yanimales en putrefacción”,53 cobrando la vida de múltiples víctimas de tifo. Empero, al parecer, las autoridades hicieron oídos sordos a las demandas de los solicitantes, quienes cuestionaban no ser tratados con los beneficios que otros lugares tenían.
La falta de infraestructura, de servicios y de higiene de la Candelaria de los Patos llevó a los diarios de la época a justificar que, por esas ausencias, ahí habitaran “gentes de la peor especie: placeros, mendigos, truhanes, delincuentes de todas clases, familias humildísimas de obreros”54 y espectáculos que rompían con la utopía de la ciudad “ideal-racional” porfirista en donde los “triunfos del progreso” llegaban con la modernización urbana; por el contrario, parecían “esos suburbios como una población aparte, tanto por los edificios, cuanto por los habitadores y sus costumbres”55 Condiciones que ocasionaron que el barrio de la Candelaria fuera confundido con el de La Palma (véase imagen 1).
Santo Tomás La Palma
El barrio de Santo Tomás La Palma se localizó al oriente de la Ciudad de México56 y era “colindante con el de la Candelaria, tan semejante que no se sabe dónde principia la línea que los divide”.57 Las condiciones que había en la Candelaria de los Patos eran tan similares a las del vecino, “el no menos famoso barrio de La Palma, entre cuyos fangales hierven los gérmenes de las epidemias”58 y con sus escándalos, vicios y crímenes, “contrastaba con el ‘confort’ del progreso”.59 Al igual que la Candelaria de los Patos, el barrio de Santo Tomás La Palma fue puesto bajo el escrutinio de diarios, informes y cronistas, quienes afinaron sus plumas para proyectar en este todos los males sociales. En el mapa 2 se puede observar en un círculo parte de las manzanas que correspondían al barrio de Santo Tomás La Palma.
El barrio de Santo Tomás La Palma se caracterizó por estar en los márgenes de la ciudad y tener en su interior zanjas con carrizales; “calles tortuosas y casas bajas”,60 calles mal trazadas, retorcidas y sucias, canales azolvados, repletos de animalesydesechos que contravenían a la salud de sus habitantes. La traza irregular y la oscuridad de sus calles, sus callejones y sus vecindades con más de una salida funcionaron como “refugio de fulleros, de hetairas y ladrones”,61 en tanto resultaron ser la coartada perfecta para huir después de robar, herir o matar.
El también conocido barrio de La Palma era a todas luces el “barrio de los valientes”, según lo afirmaba mientras “gritaba a voz en cuello un ebrio que blandía en la diestra un cuchillo, en la Plazuela de la Palma”,62 pues estaba lleno de valentones que “asolaban la tranquilidad de la gente por andar con la ‘charrasca’, alcayata o revolver en mano; truhanes de cantina que echaban pleitos para demostrar su hombría”63 y que, continuamente, se enfrentaron con los de otros barrios presumiendo de ser “muy hombre[s] y [que] no era[n] jijo[s] del miedo”.64 Valentones que, incluso, en el lecho de su muerte no declaraban el nombre de su agresor para no perder su hombría.65
De acuerdo con el diario El Independiente, La Palma se convirtió en el hogar de los malhechores de la ciudad. No obstante, todos aquéllos que llegaban ahí, primero tenían que ser aceptados por los antiguos habitantes, quienes les ponían distintas pruebas para demostrar su valentía. Al respecto, el diario señaló:
En un suburbio de esta capital dieron en agruparse, hace muchos años, los individuos que tenían cuentas pendientes con la justicia por sus malos procederes y con gente de esa clase comenzó a poblarse el que más tarde se llamó el barrio de la Palma. Sus callejas fueron irregulares hasta semejar un intrincado laberinto de callejones sin salida, de veredas torcidas que iban a desembocar en casuchas sucias, mal construidas, aprovisionadas con el producto de las fechorías que cometía la mayor parte de sus moradores en el corazón de la ciudad. Y en aquel sitio se agruparon hombres y mujeres creados en el vicio; en consecuencia, ni huella de moralidad llevaron a la colonia por ellos fundada.66
Manuel Rivera Cambas describió a Santo Tomás La Palma como un barrio que se caracterizaba por tener “laberintos de callejoncitos y vericuetos, habitados por las clases más pobres de nuestra sociedad”;67 asimismo, el escritor señaló que en los barrios de San Lázaro, Santo Tomás y Manzanares habitaba el “populacho de México” y “la última clase social”:
Hombres, mugeres [SIC] y muchachos harapientos que se agitan en medio de los chismes y las pasiones que a menudo tienen por término sangrientas tragedias [...]. De [ellos] brotan viciosos y aun bandidos de los que infestan los caminos, roban las habitaciones de la ciudad, y se abrigan en las casuchas estrechas que forman las calles tortuosas, oscuras y sombrías de aquellos barrios; en las tabernas, en las pulquerías aparecen porción de individuos de siniestro aspecto, con rostro cicatrizado, bebiendo, silvando y discutiendo a su manera, mugeres [SIC] apenas vestidas con andrajos y muchachos desnudos que se arrastran en el polvo y en el fango.68
La plazuela de Santo Tomás La Palma se caracterizó por su mala fama, ya que ahí se instalaron puestos que vendían alimentos en mal estado, se ofrecieron diversos espectáculos populares y de variedades -jacalones, bailes, acróbatas, palo encebado, cinematógrafo, obras de teatro y otros-, los cuales tuvieron un ávido público que, excitados por la emoción, pedían que se repitieran “todos los números del programa a fuerza de gritos, lanzando al escenario naranjas y otros objetos”.69
Asimismo, por las propias actividades religiosas, comerciales, laborales y de ocio que se desarrollaban en la plazuela de La Palma, no se hicieron esperar las riñas y las sangrientas peleas; era notable la acumulación de basura y de suciedad, y la presencia de perros famélicos y rabiosos. En la siguiente imagen se logra observar el espacio que rodeaba a la parroquia de Santo Tomás La Palma, mismo que, en diferentes temporalidades, sirvió como un lugar para la instalación de puestos ambulantes en los llamados “mercados al viento” y el flujo constante de personas (véase imagen 2). Las prácticas comerciales callejeras, tal como lo ha señalado Mario Barbosa, no sólo se convirtieron en un peligro sanitario por ser actividades “viciadas”, sino que mostraron la intolerancia de las élites y las autoridades sanitarias debido a que iban en contra de “la estética de la ciudad, por impedir la circulación y por ser un mal comportamiento cívico o la principal causa del desorden urbano”.70
Pese a las adversidades, la presencia de los vecinos no se hizo esperar para manifestar el olvido en el que las autoridades los tenían. De esta manera, al finalizar la primera década del siglo XX, un grupo de vecinos de las plazuelas de Santo Tomás, del Carrizal, de San Ciprián y las calles de la 13ª de Cuauhtemotzin, de Abraham Olvera y 3ª y la 4ª de General Anaya presentaron una misiva al Dr. Eduardo Licéaga, director del Consejo Superior de Gobierno, pues los carros de limpia que se dirigían a un tiradero cercano a donde habitaban -localizado entre el Rancho de la Soledad y el Parque de Balbuena- dejaban a su paso una gran cantidad de basuras. Los habitantes de aquellas calles se mostraron preocupados porque aquel tiradero prometía ser permanente, situación que convertiría aquellas calles y plazas en un foco de infección y contagio, porque no se cumplían las “reglas de higiene de ninguna especie”; además, esto había ocasionado, en palabras de los informantes, “una invasión de viñeros, todos ellos personas sumamente asquerosas y de antecedentes que son una alarma para nuestra seguridad personal”.71
Un año después de que fuera enviada esta carta, las autoridades atendieron esta situación y declararon que, en efecto, el tiradero ocasionaba severos problemas, porque “esta clase de establecimientos esencialmente insalubre por las emanaciones inevitables que de ellos se desprenden, máximo sino se dispone en ellos los útiles y aparatos necesarios para atenuar en lo posible los malos olores, en cuyo caso forzosamente determinan graves molestias y perjuicios al vecindario por la corta distancia que los separa de las habitaciones”.72 De esta manera, el Consejo Superior de Salubridad y el Consejo de Gobierno del Distrito solicitaron que se quitara de ahí el tiradero.73
“Gente de mal vivir”: ebrios, valentones e ignorantes
En adición a las condiciones físicas y geográficas de la Candelaria de los Patos y de Santo Tomás La Palma, existieron espacios de sociabilización, prácticas y creencias que a los ojos de las élites causaron alarma, miedo y preocupación debido que en ellos, siguiendo las ideas sobre la criminalidad, la delincuencia y las anomias sociales, fueron motivadores y alicientes para la producción de potenciales criminales, delincuentes y “gente de mal vivir”.74 En ese sentido, los discursos que emitieron los diarios, las crónicas y los informes institucionales tuvieron como fin espectacularizar las riñas, los pleitos, las creencias y las prácticas que se desarrollaron en estos barrios, con el fin de demostrar cómo el medio era uno de los principales factores en la construcción de los males sociales de la Ciudad de México a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.
Para periódicos como El Correo Español, en espacios como la Candelaria y Santo Tomás, se resguardaba el hampa de la sociedad. Así, las calles retorcidas, las zanjas abiertas con “profundos hoyancos repletos de negruzcas aguas”75 y las casas a medio hacer, se convirtieron en el hogar para “la canalla”, el “hampa de la sociedad”, “la escoria del vicio”, “la corte de los milagros”, la “gente astrosa”, amasios que protagonizaron riñas de “poca importancia” y valentones que causaron tumultos a consecuencia de balazos, enfrentamientos a pedradas, puñaladas y cuchillazos. Hombres, mujeres y niños, se convirtieron en los protagonistas de situaciones escandalosas y sucesos desafortunados motivados por el alcohol, los celos, el desamor, las rencillas, la venganza y la defensa del honor,76 situaciones por las que los habitantes de estos barrios fueron caracterizados como ebrios, valentones e ignorantes. En el mapa 3 podemos observar el espacio en donde los vecinos de la Candelaria de los Patos y Santo Tomás La Palma habitaron, las calles, los callejones y las plazuelas por donde transitaron y trabajaron, en donde llevaron a cabo sus actividades cotidianas y religiosas y la cercanía entre ellos (véase mapa 3).
Las cantinas, las pulquerías, los figones y los tenduchos no escaparon de la mirada inquisidora de la opinión pública debido a que fueron lugares en los que la policía y la prensa prestó especial atención por su proclividad a los actos criminales. A estos lugares, se sumaban las calles y las plazas que se convirtieron en una extensión de la vida cotidiana y en donde se podían resolver conflictos, venganzas, disgustos o “cuestiones de poca importancia”.77 En ese sentido, los sucesos criminales dentro de los “espacios de sociabilización etílica” al interior de los barrios fueron motivo de notas y reportajes gráficos que comenzaron a enfatizar las diferencias respecto a las prácticas, las ideas y los espacios modernos.78
Reportajescomoeldenominado“¡Cincocentavos! ¡Cinco balazos!... Y una vida. Las pequeñas grandes tragedias”, publicado por el El Imparcial a finales de la primera década del siglo XX, reafirman lo antes mencionado. Con un título sugerente, esta nota anunciaba el fatídico destino que tuvo Othón Recillas en manos de Porfirio Aguirre dentro de su propio negocio, ubicado en el barrio de la Candelaria de los Patos. Othón Recillas era “un humilde comerciante” y propietario de la Puerta del Sol, “una cantina, quizá menos, una ‘piquera’, donde la parroquia era escasa y las moscas abundaban posándose en las siempre vacías botellas de mezcal [...] o en la ahumada y sucia lámpara del mostrador que servía para preparar los ‘ponches’, ardiente bebida de café y alcohol que en las noches atra[ía]n multitud de parroquianos”.79 Recillas abría las puertas de aquel “pingajo de miseria” desde las cinco de la mañana, para atender a “los trasnochados individuos que llamaban con ansiedad, sedientos de la embriaguez del día anterior” y las cerraba a las diez de la noche. Durante la jornada, no sólo atendía a los parroquianos, sino que soportaba las injurias que éstos lanzaban al calor del alcohol. Su asesino, Porfirio Aguirre, era originario de Guanajuato y llegó a la ciudad con su madre y su hermano. Al poco tiempo, se casó y tuvo dos hijos; pasó por diferentes oficios hasta convertirse en gendarme de la segunda demarcación con número 411. Según se lee en la nota, llegó “en busca de pan”, como tantas personas que llegaban a la Ciudad de México en busca de oportunidades, no obstante, la desgracia se cruzó en su camino y el alcohol le llevó cometer un crimen.
La nota, además de ser extremadamente detallada en los eventos, tuvo como fin relacionar los lugares de consumo de alcohol, el barrio y a sus habitantes con las peores desgracias. Además, su lenguaje alarmista y exagerado se combinó con un “discurso gráfico”80 que, para entrado el siglo XX, comenzó a tomar mayor relevancia porque reforzó los conceptos de verdad y objetividad, tal como refiere Alberto del Castillo.81 En esta nota aparecieron publicadas cuatro fotografías que capturaban: 1) la cantina-salón como “el lugar del crimen”; 2) el cuerpo sin vida de Othón Recillas ya “en el anfiteatro”; 3) José Jiménez, “el aprehensor”, quien figura de frente y con mirada gallarda; 4) una pistola que aún echa humo enmarca la imagen central en donde se encuentra Porfirio Aguirre, quien se “muestra muy abatido: la cara juvenil la contraen dolorosos gestos e inclina la cabeza, abrumado quizá por el remordimiento” y aparece con “ropa de paisano”, mientras está siendo acompañado de dos gendarmes “rumbo a Belem”. Estas instantáneas no sólo acompañaron el texto de forma decorativa, sino que formaron parte de una narrativa gráfica en sí misma.
Así, texto y fotografía dan muestra de aquellas representaciones que circularon en la prensa de la época y reafirmaron un imaginario social y espacial de los barrios populares. En ellas, quedaron trazos de las percepciones de los sitios de vicio, de los personajes y de la vida cotidiana urbana (véase imagen 3).
Empero, como se ha referido, la venta de bebidas embriagantes no se limitaba únicamente a los establecimientos como pulquerías, cantinas, “piqueras”, fondas y figones, sino que se extendía a lugares públicos como plazas, calles, callejones y, por ende, a fiestas y celebraciones católicas que se llevaban a cabo en las calles y en donde se registraron incidentes causados por la embriaguez.82 Así, La Voz de México señaló que en la Candelaria de los Patos, en medio de las festividades del 2 de febrero, se habían establecido puestos de pulque y de licores, ocasionando que los feligreses y asistentes tuvieran un consumo mayor que en los establecimientos, esto como resultado de la poca vigilancia y regulación de las autoridades. Ante esto, el diario refirió que “la devoción exagerada produce mayor mal que la libertad de comercio”83 de las bebidas alcohólicas, pues “tomar neutle e[ra] acto devoto”84 para los parroquianos.
Asimismo, las plazuelas de estos célebres barrios se convirtieron en el escenario de diversos eventos desafortunados causados por el alcohol, las injurias, los celos y las riñas, que terminaban en confrontaciones entre hombres y mujeres que se habían convertido en “el terror del barrio”. De acuerdo con el diario El Gladiador, una mujer que se encontraba en las calles del barrio de la Candelaria de los Patos, y en estado de ebriedad, se dedicó a lanzar insultos a los transeúntes hasta que una persona le dio una bofetada. Pronto, salió al rescate de la mujer un zapatero -que también se encontraba en estado etílico-, quien dejó a su suerte su puesto de trabajo, situación que provocó que no sólo salieran volando los zapatos que reparaba, sino que éste recibiera, por parte del transeúnte insultado, una herida en la cabeza que le hizo perder el conocimiento. Este evento llegó a su fin hasta que intervinieron las autoridades.85
El caso anterior no fue el único que se presentó, a pocos días de que tuviera lugar dicho incidente hubo otro atentado en el corazón del barrio de la Candelaria de los Patos; empero, en esta ocasión, el desprecio y las burlas, más que el alcohol, convocaron a duelo a dos “valentones”. Se trataba de Marcial Dorado, un hombre que se movía entre Manzanares y la Candelaria, que a su paso iba “escupiendo por el colmillo y con un puro recortado en la boca, casi despreciando a todos, porque según decía [...] siempre había sido el vencedor del barrio”.86 La actitud de desprecio con la que se presentaba el Dorado -nombre con el que le conocían- no sólo le causó la mala fama, sino que fuera confrontado mientras estaba en un juego de lotería. Fue en este lugar en donde un hombre se burló de el Dorado hasta que este dijo: “Basta” y “sacando del bolsillo una chaveta, se puso frente al que se rió de su porte; pero el desconocido, sin esperar explicación alguna y como si únicamente hubiera ido a provocarlo, sacó también un cuchillo de zapatero, y en menos que se refiere esto, le infirió una herida cortante en cada carrillo”.87
En El Foro. Diario de Derecho, Legislación y Jurisprudencia se presentó el interrogatorio al que fue sometido León Sánchez, vecino de la plazuela de La Palma, de 25 años de edad, quien le arrebató la vida a Zeferino Serna con el cuchillo que utilizaba en su lugar de trabajo. Tras haber cometido el homicidio, declaró ante el juez del juzgado cuarto de lo criminal:
Estando yo trabajando en la carnicería de la Candelaria, este individuo hacía varios días que me iba a provocar allí; sin que yo le diera motivo cual ninguno. Este señor siempre me iba a ofender.
El patrón, me dijo que si seguía el difunto haciendo escándalos, que me correría de mi trabajo, que me separaría de la casa.
Pasaron de esto, como unos tres días, cuando ya me fue a sacar con la intención de que pelearamos. Salí tras de él, pues me ofendió bastante mi amor propio y nos fuimos para la calzada de la Coyuya: allí fue donde pasó todo.88
De acuerdo con lo referido por León Sánchez, Serna y una mujer de apellido González -quien había sido primero pareja de Sánchez y luego de Serna- “iban los dos muchas ocasiones y se burlaban de mí, riéndose y diciéndome palabras (muy ofensivas, que era yo un tal, que no era hombre para él, y que fuera a tiznar a mi madre)”. Las provocaciones, burlas y ofensas de Serna no se quedaron en simples palabras, sino que fueron el comienzo de una pelea que tuvo lugar en la calzada de Coyuya. Ahí, Serna sacó una “charrasca de hoja de lata” y lanzó el primer golpe, mientras que Sánchez, para defenderse, sacó su cuchillo e hirió de muerte a su agresor.89 Por las condiciones en las que se dieron los hechos, se declaró que Sánchez había actuado en respuesta de las agresiones y provocaciones de Serna y, por lo tanto, lo había herido “en estado de ceguedad y arrebato producidos por hechos de Serna en contra de su persona”.90 En conformidad, se le dio a Sánchez una condena de cuatro años, un año de retención en su caso y se le amonestó, pues él había sido agredido e incitado a pelear y actuado en “defensa legítima” tras ser ofendido su “amor propio”; además, en su favor, no había sido el primero en lanzar el golpe y se confesó culpable.
Tal como lo hemos visto, en ocasiones se presentaban casos que reunían más de un factor como catalizador del conflicto. Laplazuela de La Palma fue testigo de una pareja que fue acompañada a diferentes pulquerías por un amigo y, ya entrada la noche:
Quisieron penetrar á un jacalón-teatro que se encontraba en el centro de la plazuela de la Palma, pero Carpio [quien había convocado] ya no llevaba dinero, y por esto se dirigió á ver al dueño de un figón para que le hiciera un préstamo, habiendo dejado cerca del teatro á su mujer y á su amigo.
Cuando salió Carpio del figón, vio que su amigo hablaba de amores a su mujer, reprochándole semejante conducta.
Esto dio motivo á que se entablara una riña, de la que resultó muerto Carpio, y como la mujer se interpusiera entre ambos recibió también una gran puñalada.91
La fatídica muerte de Carpio ocurrió a mitad de la noche a manos de su amigo Rivera, resultado de una riña que comenzó cuando éste le “hablaba de amores a su mujer”. Otra situación parecida fue protagonizada por Francisco Torres, apodado el Kikiriki, y Francisco Ciego, quienes eran de oficio panaderos y trabajaban en una panadería localizada por el rumbo de La Palma. Los motivos de aquel enfrentamiento fueron “viejas rencillas, por amores de una mujer”, lo que llevó a que el Kikiriki privara de la vida a su contrincante y, aunque había huido, fue localizado y consignado a las autoridades, alcanzando una condena de doce años de prisión por homicidio simple.
Los casos antes mencionados, al igual que el de Othón Recillas, fueron enfáticos en unir el consumo del alcohol, los espacios y el crimen. Esta situación los llevó a exaltar las prácticas de los personajes, sus hábitos y hasta sus relaciones amorosas, con el fin último de moralizar a los lectores más que reflexionar en torno a las causas criminales. Diego Pulido señala que en la práctica “la ebriedad presentaba ambigüedades jurídicas”, pues “podía considerarse circunstancia atenuante e incluso exculpante de responsabilidad penal”, o bien, considerarse dentro de los “delitos contra el orden público” con penas poco severas.92
A los lugares de vicio, a las prácticas etílicas y a los célebres valentones, se le sumaron las creencias religiosas y populares de los habitantes de Candelaria de los Patos y de Santo Tomás La Palma, ya que también fueron puestas en tela de juicio y se tildaron de ignorantes, fantasiosos y supersticiosos. Prácticas y creencias que se distanciaron de una sociedad moderna, urbana y educada que pretendió establecerse durante el Porfiriato.
La fiesta de la Virgen de la Candelaria de los Patos llamaba la atención no sólo por la celebración que año con año se realizaba, sino por convertirse en una verbena popular en donde había “mucho pulque, muchas enchiladas, muchos ebrios, muchos cuchillos, muchos robos, muchas riñas y muchas Venas... de la última clase”.93 Además de la tradicional fiesta de la patrona que daba nombre al barrio, surgieron otros eventos que fueron utilizados para denostar las creencias de los parroquianos. Una de ellas ocurrió en 1912, cuando los vecinos de la Candelaria de los Patos informaron que habían visto a la Virgen de la Candelaria dar “señales de vida”,94 pues relataron verla mover sus “bellísimos ojos” y los brazos para arrullar al niño que sostenía. No obstante, El Independiente: Diario de Política e Información se mostró incrédulo de tales hechos y argumentó que ese movimiento se debía al molino de nixtamal que se encontraba atrás de la iglesia.
Un año después de que se reportara el suceso anterior, y pocos días después de que ocurriera la Decena Trágica, de nueva cuenta, los vecinos de la Candelaria de los Patos volvieron a presenciar otro milagro, causando interés y revuelo entre los parroquianos. Dicho evento fue publicado por El Independiente: Diario de Política e Información y por El Faro. En esta ocasión, los vecinos afirmaron ver la “imagen del Redentor del mundo” en la corteza de un árbol de eucalipto, localizado en la calle de San Ciprián y Puente del Rosario, el cual pronto se llenó de “flores, rezos y ceras”.
El Independiente tituló su nota como “El pueblo vio aparecer un divino rostro en el tronco de un árbol” y en ella refirió que el señor Vicente Jiménez, quien vio por primera vez la imagen, señaló verla “con todo y la sangre, las huellas de las espinas de la corona”. Sin embargo, el diario señalaba que eran “siempre figuras que el que las descubre, nada más, les encuentra parecido humano, y los demás ninguno”, pero nadie de los asistentes lo cuestionaba porque ninguno “quería pasar por mal vidente”; incluso, el propio cura de la parroquia tampoco hallaba parecido alguno. Empero, algunos vieron que “movía los divinos ojos” y que “sufría al ver las iniquidades de los zapatistas”. No obstante, la emoción de este evento duró muy poco, pues el dueño del predio en donde estaba el árbol -el señor Francisco Fajardo- pidió el auxilio de las autoridades para dispersar a la masa de fanáticos y mandó tapar el tronco del árbol para evitar cualquier percance, sin embargo, “el pueblo, al ver semejante desacato, y que el gasto de las flores, lámparas, ceras y sahumerios había sido inútil, se disgustó, tratando de demostrar su encono en contra del referido Fajardo”. La nota fue acompañada de elementos gráficos en donde se veía la imagen del árbol, el árbol milagroso con los fieles, y a don Vicente Jiménez (véase imagen 4).95
Al respecto, en el semanario religioso El Faro se señaló que en la Candelaria de los Patos, “uno de los barrios más pobres y habitados por alguna gente de moralidad algo dudosa”, había ocurrido un evento lleno de “ignorancia, superstición y fanatismo”. Se trataba de la aparición del “divino rostro”, relato sobre el cual se había “hecho derroche de fantasía”, pero también se habían sumado otros, como el de una monja que aparecía por aquel rumbo. Desde la opinión emitida por El Faro, órgano de la iglesia presbiteriana, estos eventos mostraban la ignorancia de los habitantes, ya que “muchos de ellos no saben leer, no han podido instruirse y ponerse al tanto de tanto milagro fraudulento inventado por la Iglesia romana para explotar a la gente”. Es claro que El Faro tenía una postura religiosa diferente a la católica y, por ende, atribuía este tipo de creencias a la ignorancia y a los intereses de las autoridades de la Iglesia católica. Lo curioso es que el padre de la Candelaria de los Patos, Juan Kuri -de origen árabe-, declaró que no había visto nada y tampoco impulsó el rumor de los parroquianos.96
El mismo año de la aparición del “Divino rostro”, El Independiente: Diario de Política e Información publicó una nota titulada “Una voz de ultratumba tiene atemorizados a los moradores del barrio de la Palma”, donde se informaba que los habitantes de dicho barrio no sólo estaban asolados por los valentones, sino por el miedo que le tenían a un fantasma que pedía que se hiciera justicia y aparecía dentro de una “casucha” conocida como “la casa de los espíritus”, la cual había funcionado temporalmente como un teatro. De acuerdo con lo comentado por los vecinos y personas que llegaron a vivir ahí, se trataba del alma en pena de una anciana que había muerto en 1899 a causa de recibir una puñalada en el corazón por parte de su yerno, quien en contubernio con su propia hija planearon quitarle el dinero que había estado guardando. La nota enfatizó que, contrario a lo que pudiera pensarse, este caso conmocionó a los valentones, criminales y delincuentes de La Palma porque en este homicidio no “había nada que justificase la fama de ‘valientes’ que habían adquirido a puñaladas”97, pues se trataba de una mujer mayor que no logró defenderse, de manera que las propias personas de La Palma entregaron a los asesinos, quienes fueron llevados a la cárcel de Belem.
El caso del asesinato fue notablemente difundido hasta que la historia del fantasma quejoso se convirtió en una “fantasía popular”, llegando al grado de que “la gente humilde que habita en ese barrio cierra las puertas de sus casas, enciende lámparas a los santos predilectos encargados de velar por el hogar, y los viejos refieren a los niños la trágica historia que fue origen de la presencia de los fantasmas”. Asimismo, el texto fue acompañado de una imagen en donde se puede apreciar a una mujer con cabello largo y con cuchillo en mano que intentaba representar a la difunta. No obstante, a manera de cierre, la nota planteó la posibilidad de que la presencia de este espíritu, probablemente, era utilizado como una coartada de los delincuentes para que nadie los molestara en aquel lugar (véase imagen 5).98
Reflexiones finales
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, diferentes actores del Porfiriato contribuyeron a estructurar un discurso sobre la moderna Ciudad de México: ordenada, bella, limpia, higiénica y en camino hacia el progreso. Conforme se apuntalaba aquella ciudad ideal, también se fue construyendo un imaginario social de espacios y personajes que no podían ser parte de ella y, en este sentido, los barrios y los rumbos populares que se encontraban en los márgenes del cuadro principal de la ciudad y lejos de la zona poniente comenzaron a formar parte de bajos fondos que tenían que evitarse, pues para ellos representaban un peligro social y moral. Las condiciones físicas, materiales y sociales que había en la Candelaria de los Patos y en Santo Tomás La Palma posibilitaron que las élites porfirianas vieran en ellos graves problemas que acrecentaron con metáforas y desde una mirada externa, potenciando escenarios perfectos para la miseria, los vicios, el crimen, la inmoralidad y la ignorancia, sin importarles que estas carencias de infraestructura y de servicios, incluso, fueran denunciadas por los propios vecinos de estos barrios.
La situación que hemos expuesto de la Candelaria de los Patos y Santo Tomás La Palma no fue única de estos barrios, sin embargo la prensa y los escritores crearon en torno a ellos un aura que enfatizó el pauperismo de las condiciones espaciales, el comportamiento de sus habitantes y las prácticas sociales, que intentaron transmitirse y confirmarse con imágenes “objetivas” que reafirmaban lo dicho por los informes médicos, crónicas y relatos. Tal como señala Dominique Kalifa, “los bajos fondos se entienden bajo un terreno fangoso, vago, donde la realidad, la peor de las realidades, está vinculada con el imaginario, un terreno donde lo ‘social’ es constantemente redefinido por lo ‘moral’, donde los seres de carne y hueso dan cuerpo a los personajes de ficción”.99 En este sentido, no podemos omitir que esta “representación del barrio que pone énfasis en los aspectos más sórdidos e inhumanos de esos fragmentos del tejido urbano”100 fue exógena a él y se alimentó de todo un discurso generado por la criminología positivista, de un lenguaje científico, de la eugenesia, de la frenología y la moral social, en donde las características físicas y geográficas de estos barrios funcionaron como incubadora de delincuentes y crímenes, por ello, “los pobres ocuparon el papel de criminales y víctimas dentro del arquetipo del bajo mundo criminal urbano”,101 pues las representaciones que se realizaron de aquellos barrios populares -durante el Porfiriato y los primeros años de la Revolución Mexicana- dejaron relegada la vida de sus habitantes a un cúmulo de prejuicios sociales que fueron cubiertos con un aura de fatalidad, miseria e ignorancia, en donde las riñas, los balazos y las puñaladas alimentaron los discursos y las representaciones de estos bajos fondos de la Ciudad de México.