Fecha de recepción:
17 de diciembre de 2024

Fecha de aceptación:
17 de febrero de 2025

Los santuarios han estado presentes en la historia de México durante largos siglos. Han atraído el fervor de los creyentes, el fomento de los párrocos, priores y obispos, la pluma barroca o ilustrada de los exégetas, la atención de los curiosos sobre las costumbres del pasado y el interés de los historiadores, tanto por su fundación, prosperidad y patrimonio artístico como por las formas y razones de la religiosidad. Tuvieron un papel primordial en la vida cotidiana de los habitantes de la Nueva España; llegaron a la Independencia, sobrevivieron a sucesivas guerras civiles y revoluciones para continuar siendo muy vigentes, incluso hoy día, en una sociedad mucho más diversa y secularizada.

Es un tema al que se han dedicado con buen criterio David Brading, William B. Taylor, Thomas Calvo, Jaime Cuadriello y Raffaele Moro, por citar sólo algunos autores contemporáneos. Mucho ha contribuido también a nuestro conocimiento Antonio Rubial García, porque el estudio de estas devociones recorre su obra desde que escribió sobre las reliquias de fray Martín de Valencia en el Sacromonte de Amecameca, pasando por el prototípico ejemplo guadalupano para considerar ejemplos más locales, como el de San Miguel del Milagro y Nuestra Señora de la Salud, así como algunos menos conocidos, como San Nicolás Tolentino de Zitlala o la Virgen de los Dolores de Acatzingo. Ahora presenta Fortalezas de fe, pozos de esperanza. Una historia urbana de la Nueva España a partir de sus santuarios, una obra amplia y ambiciosa con un título muy acertado, ya que las “fortalezas de fe” eran imágenes de la ciudad protegida por baluartes místicos contra el mal y el infortunio. Con frecuencia, además, había pozos de agua milagrosa y curativa que eran tanto recipientes de lo sagrado como metáforas teológicas. El subtítulo también tiene mucho sentido, porque en esta narrativa hay una estrecha relación entre santuarios y su desarrollo urbano. Se explican mutuamente en una época en la que una “república” (en el sentido de res publica) era necesariamente una comunidad de creyentes, aunque no faltaran los descreídos y heterodoxos. Por ello, en estas páginas hay breves historias de las ciudades u obispados antes de pasar a ocuparse de sus sitios sacros.

La organización del texto parece transparente a primera vista: un prólogo, tres partes centrales, más un epílogo, la correspondiente bibliografía y un útil índice onomástico. Los contenidos, sin embargo, tienen a la vez partes esperables y algunas sorpresas. Comencemos con los capítulos principales, dedicados a la descripción y al comentario de la historia de los santuarios, ordenados en episcópolis, los replicantes (porque fueron fundaciones que compitieron con las de capitales episcopales y a la vez imitaron sus modelos) y los centros epigonales, ubicados en ciudades menores, villas y pueblos. Es una clasificación que parece acertada y muy probablemente va a ser retomada por quienes se ocupan del tema. El conjunto es realmente vasto; no es enciclopédico, pero se le acerca. Recuerda, con las obvias diferencias de propósito e intenciones, al Zodiaco mariano del jesuita Francisco de Florencia, que en su tiempo fue el gran conocedor de los santuarios novohispanos. El esfuerzo es admirable y debe haber requerido muchas horas de paciente lectura.

Rubial se ha apoyado en numerosos estudios particulares, debidamente citados en notas y en los agradecimientos finales, pero también aporta datos y reflexiones originales que son muy relevantes. Además de esto, hay que decir que nos faltaba reunir estos múltiples casos para tener una visión general y apreciar debidamente las diferencias y las regularidades. Así, pueden verse ciertas constantes que de otro modo habrían pasado como anécdotas incidentales. Resaltan, por ejemplo, las varias ocasiones en que una imagen que recibía devoción en una iglesia de indios o mulatos acabó siendo “expropiada” por instituciones españolas, al igual que pasaba con muchas de las reverenciadas efigies locales, que terminaron en los altares de las grandes ciudades. La ritualidad, así, acababa muy influida por las desigualdades y jerarquías de la sociedad novohispana.

Hay otro aspecto que el lector podrá notar: esta es la historia de un fenómeno religioso, donde la religiosidad (a la que Rubial ha dedicado previamente varias obras) está poco presente. El acento está puesto en las parroquias, los obispados, los ayuntamientos, los provinciales de las órdenes religiosas y los letrados, todos los cuales se ocuparon de “inventar” (en el sentido de descubrir) una imagen prodigiosa a partir de un portento acontecido en algún lugar, frecuentemente con el testimonio de un eremita o un indígena. Hay pocos, aunque interesantes, párrafos sobre las razones por las cuales los fieles daban (o dejaban de dar) su devoción a una imagen, como cuando señala que “en sociedades asoladas por epidemias, sequías, hambrunas, terremotos, la esperanza en soluciones venidas del cielo y la creencia en hechos prodigiosos era una necesidad tan apremiante como la fundación de hospitales o el reparto de limosnas para paliar la situación” (p. 11). Asimismo, nos dice que los santuarios aparecían frecuentemente donde la minería, los obrajes y las haciendas provocaban situaciones extremas de miseria y explotación (p. 26). Son hipótesis dignas de discusión, pero que no son propiamente el asunto de este libro.

Si atendemos al prólogo, podrá verse que no es la característica breve introducción a una obra; parece resumir las experiencias del autor en previas investigaciones y los resultados de examinar ahora la historia de los santuarios. Es una narración densa, conceptual, que presenta propuestas y conclusiones que requieren leerse despaciosamente. Como bien se explica, la definición de la presencia real de Cristo en la eucaristía abolía la distancia entre el personaje celestial y su imagen; de aquí había sólo un paso para considerar que las imágenes estaban sustancialmente unidas a la divinidad, la virgen o los santos. Se convertían en reliquias o en “sagrados simulacros” que podían realizar actos sobrenaturales, como cuando temblaban, sudaban, sangraban, movían la cabeza o los ojos, emitían olores exquisitos, se “entercaban” y hacían imposible moverlas porque aumentaban su peso para indicar dónde deseaban ser reverenciadas, o bien atraían lluvias, alejaban males y hacían curaciones milagrosas.

Todo esto, desde luego, requería el reconocimiento oficial, que -a diferencia de la canonización, quenecesitabadeunacomplicadaaprobación en Roma- solamente necesitaba del beneplácito de los obispos, con previa información de testigos. Si todo iba bien, aparecían relatos impresos que narraban la aparición y los milagros (literatura hierofánica, la llama el autor), se construía un templo que recibía donativos piadosos, se fundaba una cofradía que organizaba el ritual, había licencias para llevar una imagen “peregrina” y recoger limosnas incluso en remotos lugares. Llegaban también filas interminables de peregrinos que se maravillaban con la suntuosidad del templo, la refinada labor de pintores y escultores en los altares, la música de los órganos y el aroma de los sahumerios, además de volver a sus hogares con las indulgencias obtenidas, cabos de velas, aceite de las lámparas, agua bendita de las fuentes y listones de la estatura de la imagen, a los que se atribuían poderes curativos.

Rubial sostiene, con buenas razones, que los santuarios surgieron sobre todo en el centro de la Nueva España, cuando ya se asentó la evangelización, en regiones prósperas, de densa población, con instituciones corporativas, minas, obrajes y haciendas que generaban amplios recursos económicos. Proporcionaban un prestigio y un orgullo local, porque eran prueba fehaciente de la gracia divina. Eran el entramado simbólico que daba cohesión e identidad, además, obviamente, de brindar la oportunidad de los beneficios materiales asociados a un gran centro de peregrinación.

Éstas son cuestiones que pueden tener cierto consenso historiográfico, pero hay otras que son objeto de polémicas a las que no rehúye este texto. Discute, en particular, una antigua idea muy presente en la literatura académica y bien asentada en la memoria pública: el lugar común de que los santuarios fueron creados “en sustitución”, sobreponiéndose a los antiguos cultos prehispánicos, favoreciendo una religión que podría definirse como sincrética. Al autor le parece que se trata de “visiones antropológicas” -efectivamente, el tema ha atraído a varios antropólogos, aunque no todos tienen las mismas opiniones- que parten de los mitos fundacionales para encontrar vínculos con las divinidades prehispánicas. Así, se establece una continuidad que llega al presente, sin que parezcan afectarle sustancialmente la conquista, los consecutivos cambios y transformaciones, las congregaciones de pueblos, la imposición de nuevos patrones culturales, las epidemias y las migraciones. En su opinión, esta perspectiva tiene pocos fundamentos porque hay una distancia temporal considerable entre la primera evangelización y el surgimiento de los santuarios, que en su mayor parte no se dieron en el siglo XVI, sino en los años centrales del siglo XVII y del siglo XVIII, cuando el culto cristiano ya se había impuesto. De igual modo, señala que surgieron en las zonas más cristianizadas, urbanizadas y con mayor mestizaje, y que los santuarios rurales o en pueblos de indios (como Juquila y Tila) se promovieron desde las ciudades. Es un argumento convincente, aunque se encuentra inevitablemente con algunos casos que plantean dudas. Así ocurre con uno que Rubial describe como “excéntrico y peculiar”: las crónicas agustinas mencionan que el muy venerado Señor de Chalma expulsó el culto a Oxtoteotl (u Oztoteotl, “el dios de las cuevas”, según Cecilio Robelo). El autor dedica varias páginas a demostrar que los relatos de este suceso mítico son ambiguos y tardíos, y que el culto a la imagen portentosa pudo tener otros orígenes. La propuesta general sobre esta compleja cuestión es muy interesante, y aunque menciona que no es su intención polemizar al respecto, seguramente se incorporará a la animada discusión existente sobre el tema.

El epílogo tiene, como podría esperarse, comentarios y recapitulaciones sobre lo narrado, pero comienza con la referencia a hechos contemporáneos (una imagen de Cristo que abrió los ojos en Saltillo, en 2016), incluye alusiones críticas al esoterismo new age y termina con una reflexión acerca de la manera en que los medios masivos de comunicación -avalados por el Estado y la Iglesia- manipulan la información sobre los hechos milagrosos en lugar de dar urgente solución a los problemas de desempleo y miseria que afectan a muchos mexicanos. Esta parte del libro tiene cierta oralidad, como si fuese el registro escrito de la voz de un historiador que habla del pasado, pero también halla ecos en el presente. Así, vale la pena leerlo/escucharlo, como ocurre con el conjunto de esta nueva, valiosa y elocuente aportación a nuestro conocimiento.