Fecha de recepción:
16 de noviembre de 2024

Fecha de aceptación:
6 de mayo de 2025

* Adriana Martínez Rodríguez

Economista egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con estudios de Maes tría en Historia Contemporánea en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y en Literatura y Letras Modernas Alemanas, en la misma facultad. Es ayudante de profesor en el área de Economía Política en la Facultad de Economía de la UNAM. Ha participado en proyectos independientes de investigación, incluyendo uno sobre la actual migración de Morelos hacia Minnesota, y ha impartido conferencias en México, Estados Unidos de América, Bélgica y Alemania.

Contacto: ayhanam@tuta.io

Introducción

El presente artículo indaga sobre el entramado de procesos que pudieron haber sido decisivos para la llegada, el establecimiento y desarrollo como comunidad de las familias mexicanas que llegaron a Minnesota -una región no tradicional para esta inmigración- a principios del siglo XX. Para ello, utilicé los informes de trabajo de campo que George Edson realizó entre 1926 y 1927, en los que registró las condiciones de llegada y de vida de los trabajadores mexicanos en el Medio Oeste, especialmente en los campos de betabel. Asimismo, recurrí a los registros de las audiencias de los Comités de Inmigración y Naturalización, referentes a la admisión de trabajadores agrícolas mexicanos que se celebraron en 1920 ante ambas cámaras del Congreso de Estados Unidos para dar cuenta de la versión de los empleadores y el gobierno. Finalmente, utilicé las entrevistas realizadas en la década de 1970 para el proyecto Mexican-American Oral History (MAOHP) de la Minnesota Historical Society (MNHS). Seleccioné las entrevistas de quienes llegaron a aquel estado en las primeras dos décadas del siglo XX. Este tipo de fuente, no documental, da cuenta de la experiencia de las personas migrantes, tanto de la salida de México como de su recorrido hasta Minnesota, y que no están incluidas en los reportes de Edson.

Me centro en las causas que condujeron a que los trabajadores migrantes mexicanos llegaran a Minnesota, por lo que dejo de lado el factor cultural; es decir, la historia de su desenvolvimiento como comunidad en aquel estado a partir de la década de 1930. De esta manera, será posible mostrar que la historia transnacional de este flujo migratorio se inserta en un proceso económico global que, aunque se desarrolla dentro de un marco local y regional, sólo puede existir gracias a -y al margen de- las instituciones nacionales, en cuanto escalas concatenadas y relaciones de clase que desbordan las instancias convencionales de lo regional.

Enfoques de la migración de mexicanos a Minnesota

De acuerdo con Catherine Vezina, la historia de las migraciones no implica necesariamente el estudio desde el enfoque transnacional, pero reconoce que un análisis compartimentalizado en contextos locales, nacionales o regionales dificulta la aprehensión del objeto de investigación.1 La historia transnacional, como enfoque todavía en construcción -aunque centrado en tendencias, patrones y relaciones que existen y coexisten entre y a través de entidades que las personas han establecido como unidades de organización social- ofrece la posibilidad de ampliar la perspectiva con que se ha estudiado, en general, la migración de México a Estados Unidos y, en particular, a Minnesota. 2

Dentro de la historiografía chicana, destacan autores como Juan Gómez-Quiñones, David Maciel o Richard Griswold del Castillo, quienes han explicado la inmigración de mexicanos a Estados Unidos como resultado de las dinámicas económicas.3 De esta manera, muestran cómo operaron los factores de expulsión y de atracción de trabajadores migrantes. En el mismo sentido, Ana María Aragonés, desde la historiografía mexicana, ha considerado la importancia de los ciclos económicos como factor explicativo de los flujos migratorios dentro de esta región.4

Fernando Saúl Alanís Enciso aborda, desde este lado de la frontera, los impactos que las políticas públicas migratorias y las relaciones internacionales tuvieron sobre el flujo de mexicanos al país vecino del norte y viceversa. Lawrence Cardoso indagó los efectos de las deportaciones masivas de mexicanos en las décadas de 1920 y 1930 en la política del Estado mexicano de la posrevolución y las reacciones en México de las actitudes anti-inmigrantes de la política estadounidense.5 Si bien las deportaciones no son el tema de esta investigación, durante este periodo decenas de familias regresaron forzada o voluntariamente a México o Texas, y es muy probable que no pudieran regresar a trabajar a Minnesota, afectando así la organización comunitaria de la década de 1930.

Dennis Nodín Valdés criticó que, incluso dentro de los estudios chicanos, se ha soslayado el estudio del flujo de mexicanos hacia el Medio Oeste, como la historiografía estadounidense dominante lo hizo con la comunidad chicana en el suroeste. Sostiene que tal negligencia llevó a la generalización de las características de la comunidad migrante mexicana en Estados Unidos, cuando en realidad existen diferencias sustanciales entre una región y otra, empezando por la experiencia de la pérdida de territorio mexicano. Por ello, quizá, ha centrado su análisis de estudio en el proceso de formación de la comunidad mexicana como clase obrera en el Medio Oeste y en Minnesota, las relaciones de clase y sus relaciones económicas desde el enfoque de sistema-mundo.6 A diferencia de Valdés, esta investigación se centra en las causas que dieron origen al arribo y asentamiento de familias de trabajadores migrantes a Minnesota. En tanto que las investigaciones sobre la llegada de mexicanos a Minnesota son más bien escasas, la obra de Valdés resulta fundamental para esta investigación porque marca una ruta para abordar el tema: la migración laboral de mexicanos en el Medio Oeste.

Otros autores, como Juan R. García, también han investigado la llegada de los mexicanos a esa región. En su libro Mexicans in the Midwest, 1900-1932 hace una descripción sobre el cómo, cuándo y por qué llegaron a esa región antes de la Gran Depresión y su empleo en el sector industrial. En el libro North for the Harvest: Mexican Workers, Growers and the Sugar Beet Industry, Jim Norris examina la historia de las relaciones entre la compañía azucarera de betabel más grande de la época, la American Crystal Sugar Company, los productores agrícolas y los trabajadores que, en su mayoría, eran familias mexicanas. Enmarcadas en un enfoque regional y nacional, estas investigaciones contribuyen a entender la relación entre estos tres actores y los aportes de los últimos al desarrollo de la región betabelera que comparten Dakota del Norte y Minnesota.7 En tanto que Minnesota no figuró como un primer destino de los migrantes mexicanos, es necesario comprender el papel que aquel estado desempeñó en la región y el desarrollo la industria que los atrajo.

El cultivo de betabel, por su parte, se encuen tra en el centro de la reflexión de David Adán Vázquez Valenzuela quien, en su libro De betabeles y revoluciones, analiza la historia de las condiciones sociales que se produjeron alrededor del cultivo de la remolacha azucarera y la llegada del Partido Liberal Mexicano hasta esos campos. Igual que Camila Montoya, Vázquez señala que hay una ausencia notoria, especialmente en la historiografía mexicana, de estudios sobre los orígenes y el desarrollo de las poblaciones mexicanas en los sectores rurales de Estados Unidos. Es significativo que ambos autores apunten que esta negligencia historiográfica dificulta comprender cómo fue que la industria del betabel influyó en el arribo de trabajadores mexi canos a regiones alejadas de la región fronteriza.8 Este artículo pretende contribuir a llenar el vacío señalado, explorando el origen de la inmigración mexicana al estado de Minnesota, donde se emplearon, principalmente, en este cultivo.

En el segundo apartado analizo cómo la expansión de Estados Unidos sentó las bases materiales e ideológicas para la explotación de sus recursos naturales a partir del despojo territorial a los indígenas y cómo esa figura fue determinante en la creación de Minnesota y la eventual llegada de los mexicanos a aquella entidad. En el tercer apartado indago sobre la cuestión de la legislación restrictiva a la inmigración como un factor determinante para la llegada de mexicanos a Estados Unidos, y los debates en torno a la necesidad de admitir mano de obra mexicana para el sector agrícola. En el cuarto y último apartado, abordo las condiciones en que llegaron las familias mexicanas a Minnesota, así como de su establecimiento permanente en aquel estado.

Preludio de una historia nacional en tres actos para una historia transnacional

De la expansión territorial y la promesa de la eficiencia económica

La expansión territorial de Estados Unidos hacia el oeste incluyó la firma de alrededor de 375 tratados, entre 1778 y 1871, con los distintos pueblos y naciones indígenas de Norteamérica. Estos tratados consistieron en la adquisición de tierras bajo la figura de “cesión territorial”, en el permiso de paso y comercio, la explotación de recursos naturales y el control de tierras para la construcción de infraestructura de comunicación. La celebración de dichos tratados representa, según Martin Case, un ejemplo de inequidad política y asimetría jurídica que fue justificada con la premisa de que los americanos 9 tenían mejores capacidades para explotar eficientemente los recursos naturales de aquellos territorios. Este modo de diplomacia estadounidense, basada en la persecución ideológica y material de la eficiencia y desarrollo económicos estableció los fundamentos para la consolidación de Estados Unidos como nación, al tiempo que el conjunto de las naciones indígenas en esta región fue despojado, masacrado, diezmado y desplazado, hasta ser confinado en pequeñas reservaciones. 10

Minnesota, historia particular de un proceso regional

En el contexto de la expansión territorial y la integra ción del mercado interno durante el siglo XIX, tuvo lugar el despojo de Mni Sota Makoce (“lugar donde las aguas son tan claras que reflejan las nubes”), territorio indígena que ahora se conoce como Minnesota. Con una extensión de 225 171 kilómetros cuadrados -equivalente a la del estado mexicano de Chihuahua-, “el estado de la estrella del norte” se ubica en la parte norte de la región del Medio Oeste estadounidense, comparte frontera con Canadá y, además de tener salida a los Grandes Lagos, es famoso por su clima extremadamente frío en invierno.

Entre 1805 y 1851, la nación Oceti Sakowin -o Consejo de los Siete Fuegos o la Gran Nación Sioux-,11 originaria de aquella región, firmó doce tratados con el gobierno estadounidense, quien sucesivamente, les fue despojando sus tierras en medio de insurrecciones y conflictos violentos.12 El 3 de marzo de 1849, mientras ocurrían las negociaciones y firma de estos tratados, el Congreso de Estados Unidos aprobó la Ley para establecer los límites y el gobierno de su estado 32: Minnesota.13 Dicha ley condujo a la designación de Alexander Ramsey como el primer gobernador y superintendente de Asuntos Indios de la nueva entidad en mayo de ese mismo año. Con ambos nombramientos se le otorgó la autoridad sobre aquel estado y la encomienda para llevar a cabo dos tareas importantes: la compra de tierras a los indígenas Dakota para extender el territorio estadounidense hacia el oeste más allá del río Mississippi, y el desplazamiento de esos pueblos para iniciar el proceso de colonización blanca. 14 Con la imposición del tratado Traverse de Sioux en 1858, Estados Unidos se anexó los últimos 97 kilómetros cuadrados de los Dakota, se les confinó “a una pequeña reservación de 10 millas de ancho” en el valle superior del río Minnesota y se apuntaló una etapa de integración social y económica al interior del estado y regional con el Medio Oeste.15

Colonización, industrialización e inmigración en Minnesota

Las políticas de poblamiento y desarrollo económico de Minnesota fueron resultado del esfuerzo conjunto entre gobierno y empresarios de todos tamaños, quienes pusieron en marcha campañas de atracción de empresarios, obreros o agricultores basadas en las alabanzas de las características medioambientales del estado.16 En 1852, el Report of a Geological Survey of Wisconsin, Iowa and Minnesota; and Incidentally of a Portion of Nebraska Territory arrojó información relevante sobre los recursos minerales en el noreste del estado y advirtió sobre la gran disponibilidad de agua, la ventaja de la navegabilidad de su sistema fluvial hacia el norte y sur del país y también sobre el potencial agrícola. Y es que gracias al deshielo del glaciar Agassiz, las extensas praderas cubiertas de pastos en el noroeste de Minnesota y las aledañas al lago Red Lake -el de agua dulce natural más grande del estado- resultaron muy fértiles para la producción de cultivos como la papa, el betabel y el trigo. 17 Los abundantes recursos naturales, que le valieron con justeza el epíteto de “tierra de los 10 mil lagos”, hicieron posible que las industrias del estado, como la harinera y maderera llegaran a ser de las más grandes del mundo, gracias a los servicios ambientales prestados por el río Mississippi, principal corriente de agua navegable de Norteamérica que nace en Minnesota.18 Así, las bondades medioambientales, la acelerada expansión del ferrocarril y la producción industrial aumentaron la demanda de recursos naturales y de trabajadores.

La inmigración a Minnesota puede estudiarse por oleadas y por grandes grupos étnicos.19 En la primera oleada llegaron franceses como exploradores y comerciantes de pieles entre los siglos XVII y XVIII. La segunda oleada correspondió a inmigrantes del norte de Europa (alemanes, noruegos, suecos, finlandeses, daneses)20 que llegaron a lo largo del siglo XIX y a quienes se buscó atraer mediante campañas que incentivaban el carácter “emprendedor y aventurero”. Atraídos o no por dicha campaña, estos inmigrantes llegaron a poblar y trabajar las tierras fértiles del estado hasta convertirlo en un importante productor agrícola.

Para finales del siglo XIX y principios del siglo XX, una nueva oleada de inmigrantes europeos, principalmente del sur y el este (rusos, polacos, húngaros, griegos, serbios, italianos, croatas y checos), llegó para trabajar en la minería y en las labores pesadas de la agricultura y las ciudades. 21 Aunque la población indígena Dakota no puede considerarse inmigrante, sí fue objeto de las políticas de población y asimilación mediante la aplicación de la Allotment Act de 1887 (Ley de Distribución de Tierras), que estableció que en lugar de otorgarles reservaciones -que implicaba el reconocimiento de estos pueblos como naciones independientes y soberanas- sería mejor repartir parcelas a familias individuales para forzarlos a convertirse en agricultores o rancheros y así “ayudarles” a asimilarse a la sociedad “europea-americana”.22

Las políticas de poblamiento de Minnesota fueron exitosas. Para 1849, la población total era de sólo 4 852 habitantes; para 1858, ascendió a 150 037 y, para 1900 a 1 751 349.23 De hecho, entre 1880 y principios del siglo XX, tan sólo el desarrollo de la minería de hierro en el noreste del estado -la región conocida como Iron Range- atrajo inmigrantes de cuarenta y tres diferentes nacionalidades.24 No obstante, aunque el crecimiento demográfico del estado es notable, con el cambio de siglo las políticas de atracción de inmigrantes colonizadores se terminaron y abrieron paso a un periodo de intenso debate sobre la restricción a la inmigración, la deseabilidad e indeseabilidad de ciertos inmigrantes y la necesidad de importar mano de obra para hacer frente a un periodo de acelerado crecimiento industrial y económico y de conflictos bélicos mundiales. Dado el contexto del potencial explotable de los abundantes recursos naturales, las difíciles condiciones climáticas que dificultaron el poblamiento del estado, la confinación de la población Dakota, se hizo manifiesta una situación particular en la que la mano de obra disponible en el estado no era suficiente para cubrir la demanda del desarrollo productivo agrícola e industrial y para la que la fuerza de trabajo mexicana resultó idónea. La llegada de personas mexicanas a Minnesota para trabajar, principalmente en la agricultura, constituye la última oleada inmigratoria del proceso de consolidación económica y demográfica hasta aquí descrito.

La cuestión de la inmigración en Estados Unidos: producción de la escasez de mano de obra

Las restricciones a la inmigración

De acuerdo con los Reportes de la Comisión sobre Inmigración de 1907 -o Comisión Dillingham-, mientras que entre 1819 y 1883 el 95% de la inmigración europea provenía de países del norte y occidente de aquel continente, para 1907 el 81% ya provenía de países del sur y este.25 El viraje étnico de este flujo migratorio condujo a la distinción entre una “vieja” y una “nueva inmigración” y, con ella, a las discusiones en torno a la necesidad de restringir la entrada de “ciertos” extranjeros. Para un amplio sector de la sociedad estadounidense -especialmente el movimiento eugenista, algunos políticos y el sector sindical-, no toda la inmigración debía ya ser bienvenida en tanto que los “nuevos inmigrantes” podían constituir una amenaza.26 Sin embargo, cualquier intento de restricción a la inmigración representaba también un problema económico. Tanto la Chinese Exclusion Act de 1882 como la Alien Contract Labor Act (Foran Act) de 1885 -que impedía la contratación de trabajadores extranjeros no calificados-,27 amenazaron con reducir la disponibilidad de mano de obra.

La Comisión Dillingham se creó para dar salida a la falta de acuerdos dentro del Congreso de Estados Unidos sobre la aprobación de la Ley de Inmigración de ese mismo año.28 Esta Comisión, que sesionó de 1907 a 1911, no contempló la realización de audiencias, pero invitó a distintas organizaciones interesadas, como la Immigration Restriction League (IRL) y la American Federation of Labor (AFL), para que emitieran sus opiniones por escrito y se incluyeran en los Reportes de la Comisión integrados en cuarenta y dos volúmenes. 29

En las conclusiones, la Comisión recomendó, entre otras cosas, la aplicación de pruebas de lecto-escritura a los migrantes que quisieran ingresar al país. Pasaron veintiún años desde el primer intento de la IRL por implementar tales exámenes para que finalmente dicha disposición fuese estipulada en la Immigration Act de 1917 (Literacy Act). Dado que su finalidad era restringir la entrada de la llamada nueva inmigración, comunistas, anarquistas y trabajadores por contrato, el examen fue completamente ineficaz, pues para entonces la tasa de alfabetización en Europa había aumentado y los inmigrantes considerados “radicales” resultaron ser los más letrados. 30

Sin embargo, la Literacy Act de 1917 sí impactó sobre la disponibilidad de fuerza de trabajo. Para cuando entró en vigor, los migrantes mexicanos ya conformaban una reserva importante de mano de obra en Estados Unidos. El estallido de la Revolución Mexicana puso de manifiesto las desigualdades y desventajas sociales y económicas en que se encontraban las poblaciones indígenas, campesinos y obreros, así como entre el campo y la ciudad, por lo que realmente pocos emigrantes podían pagar la cuota fronteriza de entrada que estipulaba la ley. Además, si consideramos que para 1921 -año en que se creó la Secretaría de Educación Pública y se echó a andar la primera campaña nacional de alfabetización- la población analfabeta en México ascendía al 71.4%,31 resulta evidente que muchos emigrantes no podían pasar la prueba de lecto-escritura. Esto orilló a las agrupaciones estadounidenses industriales, especialmente de ferrocarrileros y agroindustriales -que ya desde 1895 habían manifestado su oposición a la iniciativa de implementar exámenes de alfabetización-, a cabildear y negociar la relajación de las medidas restrictivas para ciertos grupos como, por ejemplo, de mexicanos.32

El “problema” de la admisión “temporal” de trabajadores agrícolas mexicanos

Frente a la creciente demanda de fuerza de trabajo en Estados Unidos y la reducción de trabajadores inmigrantes como consecuencia de la aprobación de leyes restrictivas desde 1882, se manifestó un tercer grupo interesado en el tema y afectado por las nuevas disposiciones jurídicas. Los empresarios, aunque no tenían desacuerdo con los postulados racistas eugenistas, reclamaban que los requisitos de entrada de la ley de 1917 eran contraproducentes. Argumentaron que con la Primera Guerra Mundial no sólo dejaron de llegar europeos del este, sino que los que ya estaban en Estados Unidos, junto con la población afroamericana, ya no estaban dispuestos a emplearse en los trabajos agrícolas ni en los más pesados de las industrias, pues preferían hacerlo en centros urbanos. Por ello, agroindustriales algodoneros y betabeleros, principalmente de Texas y el suroeste de Estados Unidos, cabildearon en el Congreso y presionaron al secretario del Departamento del Trabajo, W. B. Wilson, para que suspendiera el examen y la cuota de entrada para los trabajadores mexicanos. 33 Bajo la consideración de “medida de guerra”, el secretario Wilson emitió sucesivamente cinco decretos de suspensión de esa ley entre 1917 y hasta enero de 1920. Estos decretos formaban parte de las atribuciones que el Congreso depositó en el secretario del Trabajo para responder a situaciones en las que considerara que existía una emergencia por escasez de mano de obra no calificada, por lo que, temporalmente, decretaría la admisión, las regulaciones y los criterios de seguimiento que considerara pertinentes para que extranjeros provenientes de México, Canadá, Newfoundland y Cuba pudieran quedar exentos de las provisiones de la ley.34

La entrada tolerada de trabajadores profundizó las diferencias entre los grupos que estaban a favor y en contra de las restricciones. Si bien la postura anti-inmigrante más radical fue encabezada por la IRL y el movimiento eugenista, otros actores como la AFL, que compartían la urgencia de restringir la inmigración, manifestaron que su interés no estaba motivado por algún “prejuicio vulgar e indebido contra los extranjeros”, sino por una “cuestión de autopreservación de la clase obrera”.35 Por ello, la AFL no vio con buenos ojos las concesiones que el gobierno estadounidense hizo a los empresarios y consideró la importación de trabajadores mexicanos como un problema. Organizados por Clemente Idar en 1920, los presidentes estatales de la región fronteriza de la AFL denunciaron ante la Federación Mexicana del Trabajo y de los oficiales del gobierno de México que el problema consistía en la llegada anual de un gran número de asalariados (mexicanos) desorganizados que, al terminar el trabajo por el que fueron contratados, regresarían a su país de origen.36 Aseguraron que no sólo eran mal pagados, sino que trabajaban bajo condiciones contra las que ellos luchaban y ello po nía en riesgo el nivel de vida americano, pues si no se mantenía un ingreso salarial estándar, ese modo de vida no podría ser mantenido ni asegurado para todos los trabajadores en Estados Unidos. 37

Las discusiones en torno a la restricción de la inmigración continuaron durante la primera mitad de la década de 1920, primero para aprobar la Emergency Quota Act de 1921 y, finalmente, la Immigration Act de 1924 (Johnson Reed Act). A diferencia de las circunstancias alrededor de la aprobación de la Ley de 1917, la inmigración de trabajadores mexicanos ya constituía un problema, el debate ya no estaba liderado por los eugenistas -aunque ello no impidió que los criterios raciales permearan la discusión- y el punto neurálgico fue el factor laboral, tanto para los que estaban a favor como para los que estaban en contra de las restricciones. De acuerdo con Kristofer Allerfeldt, el cabildeo de este periodo estuvo marcado por el debilitamiento y la división del lobby a favor de las restricciones, mientras que los opositores a las medidas restrictivas negociaron con mayor eficacia.38 Dada la correlación de fuerzas descrita por Allerfeldt, no es de sorprender que los mexicanos, así como los canadienses, cubanos, haitianos, dominicanos, otros centros y sudamericanos, quedaran excluidos explícitamente del sistema de cuotas de la Emergency Quota Act y la Johnson-Reed Act.

Arrieros somos...

En ese contexto se instauró el llamado First Mexican Farm Labor Program.39 Este programa consistió en la implementación de un plan de relajación jurídica de la Literacy Act para la contratación temporal, condicionada y controlada de trabajadores mexicanos entre 1917 y 1922. Fue operado por el Departamento del Trabajo de Estados Unidos y el comisionado general de Inmigración, pero la aplicación, seguimiento y vigilancia del programa estuvieron a cargo del Servicio de Empleo y la Oficina de Inmigración, quienes admitirían a los migrantes mexicanos bajo reserva de que sólo se emplearan en la agricultura, los ferrocarriles y las minas de carbón. En caso de abandono del trabajo por el cual habían sido contratados, serían repatriados inmediatamente.

Durante este programa fueron admitidos alrededor de 80 mil trabajadores mexicanos, de los cuales casi el 80% fueron a trabajar al cultivo de betabel en California, Colorado, Utah y Idaho, y la cosecha de algodón en los estados de Texas, Arizona y California.40 De acuerdo con Mireya Loza, el número de mexicanos que entró a Estados Unidos en este periodo podría ser mucho mayor si se considera a las familiares que acompañaban a los jefes de familia y no fueron contabilizados, así como a los que ingresaron al margen del programa.41 Fred Roberts, presidente de la Asociación de Productores de Algodón del Sur de Texas, advirtió ante la Audiencia sobre la Admisión de Trabajadores Agrícolas Mexicanos de la Comisión sobre Inmigración del Senado de 1920 que, aunque se había afirmado que bajo este programa se habían atraído 20 mil trabajadores mexicanos, lo cierto es que él calculaba que en Estados Unidos habían alrededor de 250 mil.42

En Estados Unidos había más mexicanos de los que tenían contabilizados. No se conocía con precisión la cifra y los empresarios no colaboraron para que el programa funcionara de manera controlada. Es decir, de la misma manera que la ley de 1917 no funcionó para restringir la inmigración “indeseable”, el First Mexican Farm Labor Program no sirvió para controlar el influjo de trabajadores mexicanos como esperaban las autoridades. En el informe Origins and Problems: Texas Migratory Farm Labor de 1940, el Servicio de Empleo de Texas consignó que el número de migrantes mexicanos en ese estado pasó de 71 062 en 1900 a 125 016 en 1910, según los respectivos censos y que el flujo ininterrumpido de mexicanos durante este periodo fue posible, en gran medida, por el incremento de agencias privadas de empleo y agentes laborales, conocidos por los mexicanos como enganchadores. Aseguraron lo siguiente:

La acelerada actividad de estos agentes fue el resultado inevitable del conflicto inminente entre el endurecimiento de las leyes nacionales de inmigración y la demanda de más fuerza de trabajo mexicana por parte de los empleadores texanos. [Entre] 1910 y 1930, las actividades de estas agencias privadas y agentes laborales controlaron la situación de la mano de obra migrante mexicana en Texas prácticamente sin supervisión.43

Simultáneamente, en México se profundizaron las desigualdades. Según Juan Gómez-Quiñones, la emigración entre 1910 y 1920 -como consecuencia de la Revolución Mexicana, el crecimiento y la gran expansión económica en el sudoeste estadounidense y la creciente demanda de mano de obra determinada por la Primera Guerra Mundial- ascendió a más de 300 mil mexicanos.44 Myron Gutmann, Robert McCaa, Rodolfo Gutiérrez-Montes y Brian Gratton ponen en cuestión la hipótesis de que la Revolución Mexicana fue causa de una emigración masiva y proponen que tan sólo fue uno de varios factores, pues la búsqueda de mejores salarios y condiciones laborales fueron también determinantes. De acuerdo con los censos disponibles, tanto de México como de Estados Unidos, analizados por estos coautores, para el caso mexicano, el número de emigrados no rebasó el 1% de la población total en ese periodo. Desde el lado estadounidense, la población extranjera nacida en México, incluso cuando alcanzó su nivel máximo en 1930, sólo alcanzó el 0.52% de la población total de ese país, mientras que la población nacida en el extranjero representó, para ese mismo año, el 11.52% de la población total.45

...y en Minnesota terminamos

En 1908, el Departamento de Agricultura presentó ante la Cámara de Representantes de Estados Unidos el Reporte 90, titulado Progress of the Beet Sugar Industry in the United States in 1908. En él se reportó que el incremento en el consumo de azúcar hacía de ese país un gran mercado, y que la fertilidad y extensión de tierras disponibles para su cultivo brindaban la posibilidad de producir betabel de alta calidad y con altas concentraciones de azúcar.46 Estas condiciones, aseguraron, les permitirían competir con otros países productores de azúcar de caña y de betabel. Por ello recomendaron aumentar la escala productiva de estos cultivos, particularmente en los estados donde ya se realizaban, como California, Oregon, Washington, Utah, Colorado, Nebraska, Minnesota, Louisiana y Texas que producían, para entonces, el equivalente a una quinta parte de lo que se importaba.47

En la segunda mitad de la década de 1910, la industria del azúcar de betabel en Minnesota tuvo un impulso con el aumento global del consumo de azúcar. Los retos a remontar, afirma Jim Norris, eran construir las refinerías y asegurar la disponibilidad de mano de obra. Sin embargo, la reducción del influjo de migrantes europeos afectó particularmente a los productores de betabel de las re giones de los Grandes Lagos y las Rocallosas.48 En cuanto a la construcción de refinerías de azúcar, la primera fábrica en Minnesota se construyó en 1898 por la empresa Minnesota Sugar Co., pero a causa de un incendio fue desmantelada en 1905. Las demás fábricas se construyeron entre 1906 y 1926 por las empresas Carver County Sugar Co., Northern Sugar Corp. y la californiana American Crystal Sugar Company, entonces American Beet Sugar Company, quien para 1924 absorbió a las otras.49 Las plantas, con capacidad de producción de más de mil toneladas casi todas, se encontraban en Chaska, Red River Valley, Polk, Carver y East Grand Forks, Minnesota y Mason City, Iowa. 50

En cuanto a la mano de obra, aprovecharon el cabildeo de los agroindustriales texanos para implementar el primer programa de importación de trabajadores mexicanos en 1917 y se beneficiaron de su llegada masiva a Texas. Instalaron en aquel estado oficinas de reclutamiento operadas por enganchadores, a quienes equiparon con panfletos en español e inglés para ofrecer trabajo e informar de prestaciones, como vivienda y transportación.51

Por la intensidad del trabajo agrícola, estas empresas prefirieron contratar familias completas, porque de esa manera reducían costos por salarios y tendrían más incentivos para permanecer cerca de los campos de cultivo en invierno.52 Así, de acuerdo con Camila Montoya, la industria del betabel fue, de entre todos los sectores económicos, la que contrató a más mexicanos en la parte norte de Estados Unidos.53

Las primeras familias migrantes mexicanas que llegaron a Minnesota entraron a Estados Unidos durante este periodo, tanto en el marco como al margen del primer programa de importación de trabajadores mexicanos; ingresaron por el estado de Texas y salieron predominantemente de comunidades ubicadas en la región histórica de emigración: el norte y el occidente de México.54 Cuatro causas les obligaron a emigrar hacia Estados Unidos: las difíciles condiciones económicas y sociales en el campo; el intento de dejar atrás la violencia de la Revolución Mexicana, que supuso incertidumbre política y económica en todo el país; el sentido de aventura; y, de manera no tan directa, la influenza conocida como gripe española. Por lo general, una vez en Estados Unidos, recorrieron varios estados en aquel país antes de llegar y establecerse definitivamente en Minnesota en la década de 1930. A continuación, problematizo algunos ejemplos con base en documentación que he consultado de primera mano.

Guadalupe Cruz salió de Tepatitlán, Jalisco, en 1915, y entró a Estados Unidos por El Paso, Texas, en 1916, con su hija Lupe y su esposo Francisco, no por huir de la pobreza o la violencia, sino “por alborotados”. Después de pasar varios años trabajando en los cultivos de cebolla y betabel y, brevemente, en el ferrocarril en California, Arizona y Colorado, la familia Cruz llegó a Minnesota en abril de 1929, poco antes del Martes Negro que marcaría el inicio de la gran depresión. Felicitas Herrera y su familia tuvieron que emigrar de Michoacán después de quedar en bancarrota por la llamada gripe española.55 Con la finalidad de alcanzar a su papá en Estados Unidos, en 1920 cruzó la frontera de manera clandestina por Laredo, Texas, con sus hermanos y su madre, a quien, por no saber leer, le negaron la entrada. Aunque llegaron a Minnesota en 1927, después de años de trabajar con su familia en el cultivo de algodón en varias localidades de Texas, finalmente se asentaron en Minnesota en la década de 1930.56

David Billegas Limón, campesino de Jalisco, entró a Estados Unidos por Laredo, Texas, en 1913, con 27 años de edad, para trabajar en el ferrocarril en Kansas City. Después de un breve regreso a México en 1916, volvió a Estados Unidos con su segunda esposa y su hijo. Recorrieron, entre trabajos, Texas, Nuevo Mexico, Missouri y Nebraska y, en 1923, fueron de los primeros mexicanos que llegaron a Minnesota. Alfonso Galván, a quien apodaron “Monterrey” por haber nacido en aquella ciudad en 1898, entró solo a Estados Unidos en 1919. Tuvo que cruzar el río Bravo porque, cuando intentó entrar por un puerto de inmigración, lo rechazaron por no cumplir con los requisitos. Una vez en Texas, una agencia contrató a todos los inmigrantes mexicanos indocumentados para llevarlos a trabajar a los campos de betabel en Chaska, Minnesota, privilegiando primero la contratación de familias enteras y por último a los hombres solteros como él. Después de contraer matrimonio con una mujer minesotana de ascendencia alemana, el señor Galván regresó a México en 1925 para ir por su madre y sus hermanas y establecer su residencia definitiva en Minnesota, donde adquirió la ciudadanía hasta 1933.57

Dennis Nodín Valdés afirma que, entre 1910 y 1940, los mexicanos que fueron contratados en el Medio Oeste estadounidense llegaron principalmente a trabajar en el ferrocarril, el empacado de carne y en la creciente industria del betabel. El sector agrícola fue la que más personas mexicanas reclutó, pues se les pensaba como peones agrícolas, lo que promovió la idea de estos trabajadores como mano de obra temporal con arraigo a su comunidad de origen y no como inmigrantes.58 A pesar de ese estigma, estos migrantes buscaron empleo sin importar el sector en el que lo hallaran. Por ejemplo, miles de migrantes que fueron “enganchados” en Texas y redistribuidos hacia el Medio Oeste y noreste de Estados Unidos se dirigieron a Chicago, sobre todo durante los inviernos, para buscar empleo en la ciudad. Así, esa ciudad se convirtió en el núcleo de distribución de inmigrantes mexicanos más importante de aquella región y la que contaba con mayor población mexicana fuera de los estados fronterizos. 59

La inmigración de mexicanos a Minnesota y, en general, al Medio Oeste debe distinguirse del flujo que se dirigió hacia los estados fronterizos y el suroeste estadounidense. Primero porque, dado que este último territorio fue arrebatado a México en 1849, ya había ahí una amplia e histórica presencia de mexicanos y, segundo, porque en esa región tradicional de inmigración mexicana se concentró también el grueso de los nuevos inmigrantes. Además, a diferencia del patrón generalizado sobre la inmigración mexicana, esto es, que se trataba de migrantes jóvenes, hombres, solteros y en procesos circulares o temporales, en Minnesota la inmigración se compuso de familias completas que trabajaron durante las primaveras y veranos en los campos de betabel, un cultivo intensivo en trabajo manual.60 Se puede deducir que, dada la lejanía geográfica, durante el invierno se movían a ciudades cercanas como Chicago para no tener que viajar de regreso a Texas o México (como el caso de Felicitas Herrera), lo que las convirtió en familias inmigrantes de larga estancia, aun cuando muchas de ellas tenían intenciones de volver a México eventualmente.

En la mayoría de los casos se ha documentado que el desplazamiento de estos migrantes agrícolas hacia el interior de Estados Unidos y lejos de las regiones fronteriza y del suroeste, estuvo motivado por la intención de escapar de la discriminación racial de la que eran objeto, especialmente en las actividades agrícolas de estados como Texas. Y por la búsqueda de mejores condiciones laborales y salariales. 61 Sin embargo, como señala Camila Montoya, los salarios en los campos de betabel no eran mucho mejores y tampoco dejaron de ser objeto de discriminación racial, laboral y social en los estados del norte. Sostiene que su llegada estuvo marcada, más bien, por una sobreoferta de mano de obra en las primeras regiones y por la posibilidad de encontrar mejores salarios en actividades urbanas e industriales como la metalurgia, el empacado de carne y la construcción.62

De acuerdo con Dennis Nodín Valdés y Juan García, la experiencia de los migrantes mexicanos en el Medio Oeste comparte más similitudes con la de los europeos que con la de los propios chicanos en las regiones tradicionales de destino, en tanto que llegaron a un territorio que para ellos era nuevo, no existían colonias de connacionales que facilitaran su estancia y adaptación y, por lo tanto, la barrera del idioma representó un verdadero obstáculo.63 No obstante, las condiciones para los mexicanos también presentaron desigualdades respecto a los europeos que llegaron décadas atrás, para empezar, porque constituyeron la última oleada de inmigrantes a esta región y fueron objeto de tratos discriminatorios, tanto laborales como sociales. Por ejemplo, el St. Paul Center of the Occupational Research Program señaló en 1937 que el trabajo agrícola en que se empleaban los mexicanos era mal pagado con relación al trabajo en las industrias, las jornadas laborales eran largas y sin derecho a vacaciones, el trabajo era in minentemente manual y, por lo tanto, pesado y solitario y, además de no estar garantizado el empleo para la siguiente temporada, el pago de salarios era inestable e irregular.64 George Edson, por su parte, reportó que en invierno, cuando no había trabajo en los campos de betabel, los mexicanos tenían dificultades para encontrar vivienda en Minneapolis, porque no los querían ahí y que la que encontraban era en edificios viejos, en los márgenes de la ciudad, sin los servicios adecuados y, muchas veces, la tenían que compartir con otras familias.65

Entre otoño de 1926 y el invierno de 1927, George Edson llevó a cabo una investigación encomendada por el Departamento del Trabajo de Estados Unidos sobre el asentamiento de mexicanos en la región del norte central de aquel país. El propósito de la tarea consistió en hacer un registro exhaustivo que informara sobre el número aproximado de mexicanos en esa región, “qué tipo de personas” eran, en qué actividades se emplearon y cuánto percibían, cómo se “comparaban con los inmigrantes provenientes de Europa y con nuestros negros ”, por qué llegaron, cuánto tiempo pensaban quedarse y por qué. Por tal motivo, como parte de su investigación, Edson visitó cuarenta y nueve ciudades en los estados de Pennsylvania, Ohio, Michigan, Indiana, Illinois, Wisconsin, Iowa, Minnesota, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Nebraska y Missouri.66

En su trabajo de campo, Edson encontró que, para 1927, las compañías azucareras eran absolutamente dependientes de la mano de obra mexicana, en tanto que, en primer lugar, la población blanca no estaba dispuesta a someterse a sí misma y a sus familias al trabajo pesado de labrar la tierra; en segundo lugar, la inmigración europea que se dedicaba a estos trabajos había sido restringida; y en tercer lugar, porque en opinión de los emplea dores, los mexicanos eran dóciles y resistentes, les satisfacía que el trabajo sólo durara algunos meses y estaban dispuestos a aceptar las condiciones que el empleador impusiera. Además, por un salario a destajo (se pagaba por la cantidad de acres a trabajar), los mexicanos empleaban a sus familias de manera que niños y niñas de 8 años de edad en adelante, participaban en el trabajo rural para ayudar a sus padres. Por su parte, encontró que la industria de los ferrocarriles había estado contratando trabajadores mexicanos, especialmente en El Paso, Texas, desde hacía veinticinco años para realizar los trabajos menos calificados y, por tanto, más pesados, en el mantenimiento de las vías. Tan sólo la empresa Atchinson, Topeka & Santa Fe tenía contratados a más de 10 mil trabajadores mexicanos en los estados de Nebraska, Montana, Wyoming, Colorado y Kansas para 1927.67

Edson reportó que en Minnesota la mayoría de las familias mexicanas estaban empleadas por temporadas en el cultivo de betabel en las ciudades de Moorhead, East Grand Forks, Minneapolis, St. Paul (la capital), Chaska y Albert Lea, y que mientras estaban contratados la empresa les proveía vivienda cerca de los campos y su pago ascendía a 480 dólares por familia. Por su parte, la empresa ferrocarrilera Burlington and the Rock Island enganchó mexicanos en Kansas y Colorado y, para 1927, la mayoría de esos trabajadores fueron trasladados a St. Paul, donde vivían en vagones de tren adaptados al lado de las vías férreas donde trabajaban. Si bien, no pagaban renta, el espacio era reducido, y en un solo vagón habitaban hasta dieciséis personas de una o más familias.68

Según su reporte, para 1927, en los estados centrales del norte69 había 63 780 hombres, mujeres y niños de origen mexicano, de los cuales aproximadamente 30 800 trabajaban en actividades como la fabricación de acero, el ferrocarril, la construcción, el empacado de carne, las plantas de cemento y curtidurías cuando no se ocupaban en labores agrícolas. Encontró que en las localidades minesotanas de East Grand Forks residían 80 migrantes mexicanos, en Chaska 372, en la capital, St. Paul, 467, en Minneapolis 124 y en Albert Lea 87, es decir, 1 130 personas. Sin embargo, como asegura el propio Edson, esta cifra pudo ser una subrepresentación en toda la región, pues calcula -según lo reportado por los propios mexicanos a quienes entrevistó- que durante las temporadas de primavera-verano, la industria del betabel y el ferrocarril llegaron a emplear alrededor de 80 mil trabajadores mexicanos. 70

De acuerdo con el Censo de Población de Estados Unidos de 1930, el primero que registra la presencia de los mexicanos en Minnesota, para ese año habitaban en la entidad 2 563 953 personas, de las cuales 832 258 vivían en la zona metropolitana de Minneapolis-St. Paul. Había 3 626 personas originarias de México, equivalentes a menos del 0.1% del total de la población estatal. De ellas, 2 069 eran hombres y 1 557 eran mujeres.71 Si bien es cierto que la comunidad de mexicanos en Minnesota siempre fue pequeña comparada con las de otras entidades, también lo es, como confirman los propios migrantes mexicanos entrevistados por la Minnesota Historical Society, que muchos no fueron contabilizados porque el trabajo en el cultivo del betabel era temporal y, por consiguiente, se desplazaban hacia otras ciudades, cerca o lejos de Minnesota.

Hasta la década de 1930, los migrantes mexicanos hicieron de Minnesota su residencia definitiva. Uno de los hechos que lo indica es que, durante esos años, las asociaciones de apoyo comunitario, fundadas para responder a diversas necesidades, tuvieron su mayor apogeo. La Sociedad Mutua Benéfica Recreativa Anáhuac fue una de ellas, y tuvo entre sus actividades esenciales la recaudación y ahorro de fondos para auxiliar en emergencias médicas, la organización de las fiestas patrias o patronales y entablar comunicación con la representación consular de México más cercana.72 Por ejemplo, el 28 de julio de 1931, la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) recibió una carta firmada por sesenta y cuatro personas mexicanas que residían en Minnesota, solicitando la instalación de una Oficina Consular. 73 Aseguraron que su situación en aquel estado era de enorme desventaja, en tanto que, por el idioma, se les dificultaba el ejercicio de sus derechos. Agregaron que, como constituían una colonia numerosa de mexicanos residentes en Minneapolis y Saint Paul, la oficina consular más cercana, ubicada en la ciudad de Chicago, Illinois, a más de 650 kilómetros, era insuficiente para atenderles.

En respuesta, la SRE encargó a Rafael Aveleyra, cónsul de México en Chicago, visitarles con la finalidad de “rendir un informe sobre la conveniencia de instalar un Consulado” en aquel estado para “resguardar los intereses de la colonia mexicana” en aquella ciudad.74 El cónsul consignó, “como resultado de algunas entrevistas”, que los mexicanos que residían en St. Paul trabajaban principalmente en las empacadoras y los ferrocarriles y no pasaban de las 500 personas, de las cuales sólo alrededor de 100 salían de la capital de aquel estado cada año para trabajar en los campos de betabel. Aseguró que en Minneapolis tan sólo vivían cerca de 200 connacionales. Es decir, que en total eran 700 mexicanos residiendo en todo el estado. Reportó también que, de acuerdo con los informes presentados por las asociaciones Anáhuac y Azteca (quienes firmaron la carta de solicitud de instalación del consulado), éstas no contaban con 200 miembros, sino con 60 cada una.75 No obstante, la cifra que reporta el cónsul también puede estar subrepresentada pues, aunque no lo reconoce como Edson, sus visitas al campo ocurrieron en septiembre de ese mismo año, es decir, una temporada en que no había trabajo en los cultivos de betabel y muchos mexicanos pudieron haber abandonado la entidad en busca de otro trabajo.

Finalmente, afirmó que los mexicanos en Minnesota que laboraban en los ferrocarriles y las empacadoras de carne no eran víctimas de injusticias laborales que ameritaran representación consular en tanto que, en caso de accidente, los connacionales eran atendidos “sin contratiempos y de acuerdo con las leyes”. Aveleyra aseguró que los problemas laborales con los “betabeleros” eran “malas interpretaciones o falta de precaución de los propios trabajadores que firman contratos sin enterarse previamente de las cláusulas que contienen”. Apuntó que en las compañías betabeleras encontró un ambiente de cooperación y disposición para evitar esas “pequeñas dificultades”.76 El cónsul Aveleyra concluyó entonces que la instalación de un consulado en Minnesota no se justificaba en términos de representación, ni para asuntos comerciales. Como alternativa, nombró al señor E. Villanueva Silva, empleado del Departamento Exterior de la casa Brown & Bigelow, como representante del consulado a su cargo para coadyuvar en los casos necesarios con lo que los mexicanos solicitantes estuvieron de acuerdo. Así, la comunidad mexicana en Minnesota asumió también algunas labores diplomáticas de representación honoraria, y tuvieron que esperar hasta el 27 de junio de 2005, fecha en que el Consulado de México en Saint Paul inició operaciones y se constituyó como la representación consular número 46 de México en Estados Unidos.77

Conclusiones

La historia de la migración de mexicanos a Estados Unidos no puede entenderse de manera aislada, es decir, como un flujo que sólo se mueve unidireccionalmente hacia el norte y sin otros procesos que lo promuevan, perturben e incidan en él, en sus rutas y magnitud. La llegada de mexicanos a Minnesota se explica, parcialmente, por el contexto nacional, pero en general por el contexto regional de Norteamérica, en que parte de la demanda de mano de obra fue abastecida con inmigrantes. Los procesos que aquí abordé describen una situación particular en que las posibilidades de expansión industrial de una tierra altamente fértil hicieron visibles tres necesidades fundamentales: primero, la necesidad de las industrias de una cantidad creciente de mano de obra para abastecer el mercado interno y el mundial durante y después de la Primera Guerra Mundial; segundo, en tanto que el trabajo agrícola no podía ser del todo mecanizado, pero sí altamente intensivo, mal pagado y temporal, la necesidad de los agricultores estadounidenses por conseguir mano de obra campesina para abastecer de materia prima a esas industrias; y, tercero, la necesidad de las y los migrantes mexicanos de huir de la pobreza o el peligro que experimentaron en sus comunidades de origen. Es decir, en Minnesota convergieron posibilidad y necesidad. Al respecto, Jim Norris habla de los fundamentos de una relación tripartita, basada en la necesidad compartida de tres sectores heterogéneos que terminaron conformando una parte importante de la sociedad minesotana: los empresarios, los agricultores y las familias migrantes mexicanas. En esta investigación sostengo, como Norris, que esa necesidad tripartita es la causa originaria de la historia de los mexicanos en Minnesota.78

Los patrones de la inmigración de trabajadores mexicanos a Estados Unidos varían de una región a otra y señalamos la importancia de no generalizar sus características. Primero, porque contrario a lo que ocurrió con la inmigración colonizadora de europeos, la de mexicanos empezó por el sur y suroeste, y a lo largo del siglo XX se fue recorriendo hacia el este. Segundo, porque las necesidades de los capitales que requerían la mano de obra inmigrante también eran diferentes en función de su actividad económica y de la región donde se asentaron: mientras los ferrocarriles atrajeron mexicanos solteros con mayor capacidad para desplazarse dentro del territorio estadounidense, la industria de la remolacha azucarera privilegió la llegada de familias completas, lo que favoreció su asentamiento cerca de los campos de cultivo.

No abordé el problema de las deportaciones y las repatriaciones que tuvieron lugar en las décadas de 1920 y 1930, durante las crisis económicas, resultado de la desaceleración productiva propia de la posguerra,79 pero es pertinente mencionar que de las familias mexicanas que llegaron a Minnesota a trabajar y se fueron durante este periodo de deportaciones, ninguna volvió, quizá por la lejanía geográfica con respecto a la frontera y por la falta de recursos económicos.80 Como explica Alanís Enciso, el flujo de migrantes mexicanos que retornaron durante este periodo, voluntariamente, por deportación, por desempleo o por miedo, alcanzó casi la misma dimensión que el de los mexicanos que inmigraron a Estados Unidos.81 A pesar de la distancia geográfica entre Minnesota y el territorio mexicano, esta dinámica de entrada y salida puede explicar el reducido número de mexicanos en la entidad durante mi periodo de estudio. Las familias que permanecieron en Minnesota, por su parte, se establecieron definitivamente en ese estado, dedicaron tiempo a consolidar su comunidad con trabajo voluntario, se organizaron políticamente y diversificaron sus fuentes de empleo. Ya no sólo trabajaban por temporadas en los campos de betabel, muchas continuaron trabajando en los ferrocarriles y, además, muchas mexicanas se incorporaron a las filas de los trabajadores urbanos, principalmente en las empacadoras de carne durante el invierno.82

Como vimos, no hay consenso sobre el número exacto de mexicanos residentes en Minnesota en la década de 1920, pero no cabe duda de que esta comunidad era realmente muy pequeña, sobre todo si la comparamos con otras regiones o entidades. Quizá por ello y por la lejanía geográfica, este flujo de migrantes ha carecido de la atención que los historiadores mexicanos han depositado, generalmente, en las regiones tradicionales de inmigración de connacionales en Estados Unidos. No obstante, a pesar del “reducido” número de personas que integraban las organizaciones comunitarias mexicanas en Min nesota, éstas constituyeron el origen de una colonia que, aunque transformada, hoy en día conforma a la comunidad de origen extranjero más grande en aquella entidad al tiempo que ha mantenido sus lazos con sus comunidades de origen en México.

Finalmente, como también señaló Nodín Valdés, este artículo demuestra que los trabajadores migrantes mexicanos son parte fundamental de la historia migratoria obrera de Minnesota. Y es que las familias mexicanas llegaron en un momento oportuno, en el que gracias a la expansión hacia el oeste, Estados Unidos disponía de tierras y recursos naturales abundantes despojadas a los indígenas, pero también desprovistas de mano de obra suficiente para garantizar la escala productiva que requería el acelerado desarrollo económico de ese país. Queda pendiente analizar con mayor profundidad el papel que desempeñó la fuerza de trabajo mexicana en la evolución de la clase obrera minesotana y estadounidense y su relación con los capitales estadounidenses en competencia con los capitales de otros países en el contexto de la consolidación del mercado global.