La obra que analizaré en esta reseña hace honor a su título, ofreciendo un viaje a través de las experiencias históricas que comienzan con las raíces más profundas del islam y nos conducen a través de siglos de desarrollo religioso, político y económico del mundo musulmán. A pesar del paisaje árido de la península arábiga y las regiones circundantes, estos territorios siempre han sido zonas de alta movilidad humana. Los antiguos pueblos árabes consolidaron su dominio mediante el comercio de resinas aromáticas y productos exóticos procedentes de lugares tan lejanos como India y China. Un excelente ejemplo es el reino nabateo de origen árabe, cuyo control sobre el comercio lo convirtió en un puente entre Occidente y Oriente durante la Antigüedad.
El historiador Ángel del Río analiza, de manera cronológica, el fenómeno de la peregrinación musulmana desde sus orígenes. Conduce su estudio hacia la aparición del maḥmal en el siglo XIII, un palanquín ceremonial, ricamente ataviado, montado en un dromedario que acompañaba las caravanas de peregrinación con dirección a La Meca. El objetivo principal del autor es demostrar que dicho objeto no sólo tenía un significado religioso, sino que también simbolizaba el poder político de las entidades musulmanas dominantes hasta su desaparición en el siglo XX.
Este libro, sin duda, contribuye al estudio del fenómeno de la peregrinación musulmana hacia La Meca, el ḥajj, sobre todo porque son escasos los trabajos que abordan de manera particular el análisis histórico sobre el maḥmal. Por mencionar algunos, destacan los de Francis Peters1 y Richard McGregor,2 quienes han analizado esta tradición desde distintas perspectivas, pero cuyo objetivo primordial es el tema del ḥajj. Peters interpreta el maḥmal como un símbolo de soberanía, empleado por los mamelucos y los otomanos para legitimar su autoridad sobre el Hiyaz, la región histórica de la península arábiga que alberga las Ciudades Santas. Por su parte, McGregor lo sitúa dentro del marco de las prácticas religiosas materiales medievales, con el objetivo de examinar la cultura visual y la recepción estética de los objetos devocionales en la cultura islámica. El aporte de Del Río en comparación con estas obras es equilibrado, ya que introduce al lector en los principios básicos de la peregrinación para, progresivamente, ir hilando la aparición del palanquín y su relación con las facciones políticas dominantes de cada época, que ejercían mayor influencia en el mundo musulmán.
El primer capítulo ofrece una introducción detallada a los fundamentos de esta fe milenaria, entre los que se encuentran la peregrinación, el ḥajj. Para todo creyente que cuente con los medios necesarios, este viaje sagrado no es sólo una obligación, sino un profundo acto de devoción que debe cumplirse al menos una vez en la vida. Ángel del Río analiza los esfuerzos de los peregrinos, considerando tanto su preparación física como mental para emprender y llevar a cabo exitosamente su travesía.
El segundo capítulo ofrece una visión detallada de las características del medio geográfico de la península arábiga. En esta sección, el investigador intenta reflejar las distancias, los paisajes y las diferentes vías de comunicación que conectan Medio Oriente con el Hiyaz. Este análisis es necesario y oportuno, pues permite al lector familiarizarse con las rutas utilizadas durante el ḥajj y comprender los grandes esfuerzos para poder cumplir la anhelada meta de arribar a los lugares de veneración.
El tercer capítulo aborda la transición que marca el cierre de la era de la yahilíyyah, término que en la tradición islámica designa el periodo de ignorancia que precede a las enseñanzas del Corán, es decir, una era caracterizada por la idolatría. En este contexto, el profeta Muḥammad procedió a eliminar los ídolos de la Kaaba, consagrándola como el santuario más venerado dentro de esta fe. Este evento marcó el surgimiento de diversas ciudades que compitieron por la hegemonía de la umma, la comunidad de creyentes musulmanes que trasciende las identidades tribales y políticas para unificarse bajo el islam y la sharía, la ley islámica. Este fenómeno dió lugar a la expansión islámica más allá de los confines de la península arábiga, atrayendo a peregrinos de diversas regiones a La Meca.
El peregrinaje se torna progresivamente más complejo y demanda una atención política cada vez más precisa para garantizar la unidad del mundo islámico. Las riḥlat, relatos de viaje elaborados por autores andaluces y magrebíes, que armonizan descripciones geográficas, etnográficas y reflexiones personales, se convierten en una fuente crucial de información sobre el ḥajj, ofreciendo detalles sobre las rutas terrestres y marítimas, así como de las dificultades inherentes a la peregrinación. A estas fuentes, el autor recurre constantemente para destacar pasajes que permiten reconstruir los eventos y desafíos a los que se enfrentaban los peregrinos rumbo al Hiyaz.
Un aspecto de notable relevancia en este capítulo es la exposición del dominio político y su influencia en los trayectos hacia las Ciudades Santas. La caravana principal partía desde la capital del califato, lo que permitía la presencia del califa o, en su ausencia, del emir al-ḥajj, el responsable de la logística, el control, el abastecimiento, las paradas y el financiamiento para el mantenimiento necesario de los santuarios.
El quinto capítulo aborda las disputas políticas originadas por la fitna, concepto que hace referencia a los periodos de guerra civil y conflictos internos en el mundo musulmán. Su enfoque principal recae en las luchas por el liderazgo legítimo del califato. Con el ascenso de los omeyas, abasíes y fatimíes, las peregrinaciones adquirieron una connotación política al transformarse en un símbolo de las facciones dominantes. Este fenómeno se reflejó en acciones caritativas, la protección de las caravanas y la entrega de ofrendas, como la kiswah, las ricas telas que cubren la Kaaba.
A medida que los árabes comenzaron a convertirse en una minoría en los territorios islámicos, surgieron con mayor prominencia otras etnias, como ocurrió con los turcos en el ejército y la administración abasí. La dinastía mameluca asumió el control de Egipto en el siglo XIII, y uno de los cambios más significativos fue la introducción del maḥmal en el ḥajj. En 1266, el sultán Baybars designó un dromedario ricamente decorado para encabezar la caravana, llevando un palanquín piramidal revestido con telas finas que simbolizaba el poder de El Cairo y su determinación de influir en los asuntos políticos y religiosos en el Hiyaz. En este sentido, los mamelucos emplearon estos símbolos, como el maḥmal, para consolidar su dominio y fomentar la cohesión social, política y religiosa.
El séptimo capítulo resume el declive de los mamelucos y el ascenso de los otomanos como la potencia dominante. A partir del siglo XVI, Estambul emergió como la nueva hegemonía. Con la caída de El Cairo, Selim I se proclamó Jadim al-Haramein, adoptando una postura benevolente y perpetuando las tradiciones. Al regresar de su misión sagrada, el maḥmal se convirtió en un símbolo de veneración, rodeado de un aura de santidad. Además de su estatus como objeto de culto, el palanquín adquirió significaciones vinculadas a las festividades, como se evidenciaba en el gran júbilo que se celebraba en El Cairo.
En el octavo capítulo, se analizan en detalle los trascendentales cambios en la peregrinación y la nueva política de protección de las Ciudades Santas. Los otomanos se comprometieron a embellecer La Meca y Medina, a la vez que garantizaron la seguridad y desarrollaron la infraestructura necesaria para facilitar el tránsito de los peregrinos. De este modo, buscaron consolidar su posición como legítimos herederos y nuevos guardianes de la fe islámica.
Por otro lado, un aspecto implícito en este proceso es el papel comercial que desempeñaban las caravanas durante el ḥajj. Desde la época preislámica, como menciona el autor en su segundo capítulo, existía una vasta red comercial en la península arábiga. Durante el periplo hacia las Ciudades Santas, tanto individuos como instituciones políticas y religiosas aprovechaban el viaje para realizar transacciones comerciales. Desde individuos que buscaban costear los gastos del trayecto hasta entidades gubernamentales que implementaban estrategias para garantizar el flujo de recursos en puertos, caravasares y ciudades. No sólo las ideas y la fe viajaban, sino también productos altamente valorados, como especias, textiles, piedras preciosas y café. En este contexto, las caravanas desempeñaban un rol económico, pero también eran elementos esenciales para consolidar el comercio, la religión y la política en las rutas que conectaban las diversas regiones del mundo islámico.
A finales del siglo XVIII, los europeos buscaban expandir su influencia en Asia, mostrando un creciente interés por los productos orientales, como el comercio del café en el puerto de Moca, entre otros. El Mar Rojo despertó el interés de Europa, principalmente por su potencial comercial y geoestratégico. Un hecho significativo de este periodo fue la expedición napoleónica en 1798, que pretendió utilizar el ḥajj como un elemento estratégico, promoviendo la peregrinación ante el jerife de La Meca por parte de los franceses. Este tipo de intervenciones definieron las relaciones entre Europa y los países de Medio Oriente, sentando las bases para conflictos y alianzas que perdurarán hasta la era contemporánea.
A medida que los intereses coloniales de Europa en la región crecían, también lo hacía el volumen de relatos, descripciones y tratados sobre el mundo oriental. En los últimos años del siglo XVIII y durante el siglo XIX, se desarrolló una extensa historiografía que no sólo documentaba las costumbres y prácticas locales, sino también las influencias y perspectivas occidentales sobre ellas. Ángel del Río analiza la descripción del maḥmal que partía desde El Cairo durante el dominio otomano, citando relatos y experiencias de europeos como Fredrik Hasselquist (1722-1752), Richard Pococke (1737-1797), Jan Potocki (1761-1815), William Henry Bartlett (1809-1854), Gustave Flaubert (1821-1880) y Edward William Lane (1801-1876). Estas miradas europeas forman parte de un proceso más amplio de colonialismo y las ambiciones occidentales sobre los territorios del norte de África y el Oriente Medio. Sin embargo, las experiencias del ḥajj se vieron modificadas con la firma de tratados comerciales y la introducción de nuevos medios de transporte, como se discutirá en los capítulos sucesivos.
La influencia francesa se reflejó en la figura de Mehmet Ali, quien modernizó Egipto con el apoyo de asesores franceses y fue visto como el liberador de las Ciudades Santas. Otro factor que tendría repercusiones políticas fue la aparición y expansión del wahabismo en el Hiyaz, una corriente reformista que desafió las estructuras políticas y religiosas establecidas en la región, marcada por su conservadurismo.
Los historiadores no pueden ignorar el presente ni los problemas de su tiempo si desean comprender mejor los fenómenos sociales del pasado. Los últimos capítulos resultan atractivos por los ejes temáticos tratados. Los cambios en la forma de trasladarse motivaron una alta movilidad humana, lo que tuvo consecuencias fatales con la aparición de epidemias como la peste y el cólera durante el siglo XIX. La tradición se vio desafiada por las instituciones de salud, donde siglos de costumbres tuvieron que adaptarse a las nuevas necesidades de salubridad.
Los imperios coloniales implementaron medidas como pasaportes especiales y certificados de salud para regular el tránsito de personas y prevenir brotes de enfermedades. Sin embargo, los nuevos medios de transporte, que permitieron la llegada de más peregrinos desde el sur y sureste de Asia, redujeron los costos y el tiempo de viaje, pero también aumentaron el índice de contagios. Las autoridades musulmanas buscaron activamente las causas de la propagación de enfermedades, como se discutió en las conferencias sanitarias en Estambul en 1866. Se argumentó que las fatigas y las privaciones contribuían al aumento de enfermos, además de ciertas prácticas que aumentaban el riesgo de inoculación, como besar la Piedra Negra, beber el agua del pozo de Zamzam y realizar sacrificios de animales en el valle de al-Milna.
Los grandes cambios que se abrieron al mundo en el siglo XIX incluyeron la creación del ferrocarril de El Cairo a Suez y la introducción de barcos de vapor que surcaban el Mar Rojo a partir de 1835. El año 1882 resultó crucial para la organización del traslado egipcio. Por ejemplo, los ingleses hicieron partir el maḥmal por tren hasta Suez, y desde allí por vía marítima hasta Yeda. La ruta de Baybars, en 1884, adoptó definitivamente el uso del ferrocarril y el barco de vapor para su transporte. El peregrinaje entraba en la era de la transformación industrial y en medio de las disputas políticas y económicas entre las potencias coloniales de Francia e Inglaterra.
El autor, de origen español, cierra con una reconstrucción sobre un proceso poco estudiado en la historiografía española contemporánea: los nexos entre los franquistas y los grupos militares marroquíes. Francisco Franco financió estas peregrinaciones no sólo como una estrategia políticamilitar y parte de la propaganda del régimen, sino también como un medio para proyectar una imagen de cercanía con el islam, sin que ello implicara un compromiso real con el mundo musulmán más allá de sus propios intereses. Este estudio revela una faceta poco explorada de la diplomacia franquista y sus intentos de legitimación internacional, destacando la necesidad de profundizar en estos vínculos para comprender mejor la historia contemporánea española.
Esta obra ofrece un estudio profundo sobre uno de los símbolos más representativos del islam en su relación con el poder político-religioso: el maḥmal. A lo largo de sus capítulos, el autor examina con rigor histórico y precisión analítica cómo esta estructura ceremonial ha acompañado las peregrinaciones a La Meca, sirviendo como emblema de devoción y como instrumento de legitimación política. Cada capítulo está cuidadosamente estructurado y sustentado en una redacción precisa, apoyada en el uso crítico de fuentes históricas, como los relatos de peregrinos musulmanes, autores cristianos, así como crónicas otomanas y testimonios de viajeros occidentales de los siglos XIX y XX. Además, enriquece el estudio con un sólido análisis visual, incorporando pinturas, fotografías y grabados en cada capítulo. De este modo, el libro permite explorar las distintas dimensiones del maḥmal durante el ḥajj, desde su simbolismo religioso hasta su carga política, cultural y económica.
En conclusión, esta investigación representa un aporte imprescindible para los estudios sobre la historia de las religiones y el papel de las instituciones político-sociales en el islam. Más allá de su profundidad analítica, el libro de Del Río abre nuevos horizontes en el estudio del impacto económico de las peregrinaciones religiosas y la instrumentalización de símbolos como el maḥmal en la construcción del poder político. Además, su enfoque permite introducir a nuevos lectores en la comprensión de las manifestaciones religiosas islámicas y abrir el debate sobre la compleja relación entre la religión y las entidades políticas dominantes, así como su uso del ámbito religioso como herramienta de legitimación y control.