Los orígenes de la arremetida conservadora
Para inicios de la última década del siglo XIX, el obispado de La Habana estuvo alineado a la campaña mundial promovida por el pontífice León XIII, en función de insertar al catolicismo en la sociedad moderna.1 Esto fue materializado con la participación del clero diocesano en los Congresos Eclesiásticos Españoles, en las acciones promovidas por el Cabildo Catedralicio por medio del Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de La Habana y en las cartas pastorales emitidas por el obispo Manuel Santander y Frutos para guiar a sus diocesanos.2 Sólo que en la región insular, este proceso adquirió un fuerte tono conservador, perjudicial para los fines perseguidos por el catolicismo universal.3
En primer lugar, esto se debió a la procedencia hispana del clero diocesano que laboraba en el obispado de La Habana. Concretamente, estos sacerdotes habían sufrido las consecuencias de las políticas anticlericales de los liberales hispanos durante el Sexenio Liberal en España, por lo que se mantuvieron reacios a cualquier aceptación o entendimiento de las concepciones modernas y los elementos liberales.
Por otro lado, la existencia de un pacto de conveniencia entre la Iglesia y la Corona hispana fortaleció el conservadurismo en el clero diocesano. En esta lógica, según los acuerdos del Concordato de 1851, las iglesias hispanas quedaron bajo la protección de esa monarquía, mientras el clero procuraba mantener el orden y el cuidado de esos territorios.4 De esta manera, el respaldo dado por el Estado español al obispado de La Habana fue utilizado por su clero diocesano para lanzar una ofensiva contra todos los elementos contrarios al catolicismo en la sociedad insular: legislación civil española, publicaciones conflictivas, enseñanza laica, creencias ajenas al catolicismo -protestantismo, espiritismo, santería-, movimientos modernos -masonería, socialismo, anarquismo-, herejías y muestras de irreverencia religiosa en la sociedad (véase tabla 1).
Tabla 1 Publicaciones oficiales del Boletín Eclesiástico del Obispado de La Habana, 1890-1897
| Temas de las publicaciones | Cantidad de publicaciones |
|---|---|
| Actuación frente a conflictos jurídicos | 4 |
| Censuras de publicaciones conflictivas o de poco provecho | 10 |
| Consideraciones sobre la enseñanza laica | 3 |
| Posición frente a creencias ajenas al catolicismo (denominaciones protestantes, cultos afrocubanos) | 3 |
| Posición frente a doctrinas y movimientos modernos (masonería, socialismo, anarquismo...) | 9 |
| Posición frente a matrimonios civiles e ilícitos | 5 |
| Posición frente a enterramientos seculares | 4 |
| Actuación frente a problemas internos de la institución eclesiástica | 3 |
| Lucha contra la irreverencia religiosa y malas costumbres | 12 |
| Total de publicaciones | 53 |
Fuente: Elaboración propia con base en Archivo Histórico del Arzobispado de La Habana (AHALH) y varios números del Boletín Oficial Eclesiástico del Obispado de La Habana, 1890-1897.
Con el estallido de la Guerra del 95,5 el obispado de La Habana fortaleció la posición conservadora seguida desde los años anteriores, utilizando como argumento el aumento de males y costumbres que afectaban al catolicismo en la sociedad insular. Para la institución eclesiástica, el origen de este problema estuvo en los sectores sociales que iniciaron la guerra, pues el clero identificó a sus enemigos con ellos: protestantes, masones, espiritistas y laicos.6 Con este pretexto, el obispado materializó su gesta en las múltiples muestras de apoyo dadas a la causa española, para colaborar con la pacificación de Cuba y derrotar al enemigo en común: los independentistas, supuestos perpetradores del grave estado moral y social de la Isla.7 De esta forma, entre febrero de 1895 y septiembre de 1898, la mayoría del clero diocesano efectuó varias acciones con este fin.
Los primeros estudios históricos sobre la temática en cuestión, la Iglesia católica durante la Guerra del 95 en Cuba, aparecieron a lo largo del siglo XX. Éstos correspondieron a las obras, “El clero en la Revolución Cubana”, del intelectual Francisco González del Valle, y La Iglesia católica contra la independencia, del historiador Emilio Roig Leuchsenring.8 No obstante, ambos textos estuvieron marcados por el fuerte sentimiento nacionalista de sus autores (propio de la época),9 lo cual les condujo a la elaboración de criterios radicales y anticlericales en la construcción de un análisis objetivo sobre la participación del clero en la contienda bélica.
Concretamente, fue hasta finales de siglo cuando afloraron varias investigaciones y ensayos históricos que contribuyeron al aporte de nuevos criterios historiográficos o análisis razonados sobre la temática, dejando a un lado los criterios historiográficos de los historiadores nacionalistas. Entre ellos: “La Iglesia en Cuba al final del periodo colonial”, del historiador español Juan Bosco Amores Carredano, Entre la ideología y la compasión, del reconocido sacerdote e historiador Manuel Pablo Maza Miquel, Las iglesias cristianas en Cuba frente a la independencia y la intervención, de la historiadora Yoana Hernández Suárez, e Iglesia y nación en Cuba 18681898, del ensayista Rigoberto Segreo Ricardo.10
De ellos, merece destacar la obra de Manuel Pablo Maza Miquel, quien desde su trabajo con la documentación en el Archivo Secreto del Vaticano logró desarrollar la primera tesis meritoria sobre la cuestión. En esta lógica, Entre la ideología y la composición examinó, de forma objetiva, los motivos que llevaron al clero hispano a actuar frente a la guerra, polemizando sobre la contradicción moral que debió imperar en el clero hispano al tomar partido en la contienda bajo su condición de sacerdotes. Asimismo, desde la Universidad de Navarra, el artículo de Juan Bosco Amores Carredano siguió la misma línea de Manuel Pablo, contribuyendo a la reflexión sobre distinción de las diferentes posiciones tomadas por el clero radicado en la Isla (hispano o criollo) frente al proceso.
Por último, en cuanto a los estudios sobre el estado del catolicismo durante el periodo de intervención militar norteamericano, han surgido las investigaciones siguientes: Iglesia católica en Cuba en época de transición 1899-1909 y Bajo dos banderas. Religión y política en Cuba durante la primera ocupación americana (18991902), de los historiadores Guillermo Fernández Toledo y Ignacio Uría, respectivamente.11 Ambos aportaron un análisis sobre los retos, trasformaciones y procesos históricos, en los cuales se vio envuelta la institución eclesiástica durante el tránsito político de la Isla de su estatus colonial al republicano.
De esta manera, el presente artículo contribuye a la temática, aportando un análisis sobre las múltiples acciones y contribuciones que conformaron la posición oficial de apoyo a la causa hispana en el obispado de La Habana. Asimismo, a través del estudio de los informes y comunicaciones de la red parroquial con la sede diocesana, se profundiza en el impacto de la guerra para la institución eclesiástica en el occidente cubano. Por último, se demuestra cómo el conservadurismo imperante en la diócesis y en las relaciones Iglesia-Estado condujeron las acciones de la mayor parte del clero, hasta la necesidad de construir una posición más flexible y conciliadora durante el posterior periodo de intervención militar norteamericana.
Una santa cruzada: el obispado frente a los enemigos de españa
Primeramente, las proyecciones de la Santa Sede hacia el obispado de La Habana comprendieron dos concesiones especiales emitidas por el papa León XIII a dicha diócesis para colaborar con la pacificación de Cuba a favor de España. Por medio de éstas, el Vaticano buscaba persuadir a la población insular para que depusiese las armas frente a los hispanos. Específicamente, se trató de apelar a los valores morales y a la conciencia cristiana de los independentistas, poniendo en tela de juicio los altos reconocimientos y bendiciones particulares impartidas por la Santa Sede a la población insular, en función de demostrar que los cubanos eran un pueblo bendecido por Dios y no tenían verdaderos motivos para continuar luchando.12 Estas distinciones especiales llegaron a La Habana en mayo de 1895, consistiendo en el otorgamiento del título universal de Altar Privilegiado a la Iglesia Catedral del obispado y en la emisión de una bendición papal para los fieles de las diócesis cubanas.13
No obstante, la mayor proyección del Vaticano en la diócesis habanera fue vista en los esfuerzos del sumo pontífice para que el obispo Manuel Santander y Frutos estableciera negociaciones con los independentistas.14 Al parecer, ante el peligro eminente de la entrada de los Estados Unidos en la guerra en 1898, la Santa Sede intensificó sus gestiones para contribuir con la pacificación de Cuba. Sobre esto escribió el nuncio apostólico de Madrid al obispo Santander: “En nombre Padre Santo ruego Ud interponga su eficaz influencia cooperación gestión Gobierno Ynsular cerca de los insurrectos para que acepten suspensión de hostilidades encaminadas a pacificación Isla [...]”.15
Con estas acciones, la institución eclesiástica cumplió con el antiguo pacto entre la Iglesia y la Corona española. Específicamente, por medio de la alianza, la Santa Sede proclamó y defendió la causa hispana, retribuyendo las garantías dadas por la monarquía española al catolicismo para su restablecimiento en las regiones hispánicas, tras los acontecimientos del Sexenio Liberal. De esa forma, la diócesis habanera se convirtió en el ente constructor de dicho pacto, llevando a cabo las polémicas disposiciones del pontífice León XIII en favor de la causa española, quien desde años anteriores abogó por la necesidad de mantener a la Iglesia separada de los asuntos políticos.16
Desde una óptica similar, el apoyo espiritual de los líderes diocesanos y el clero a las fuerzas españolas mostró las mismas intensiones. Si bien, esta ayuda quedó representada en la relación de los contenidos de las celebraciones católicas con las súplicas y mensajes devocionales por la pacificación de la Isla, en realidad la alianza no sólo se manifestó en el mensaje pacificador de la Iglesia, sino en la toma de partido por parte de la institución a favor de la causa hispana al efectuar dichas ceremonias religiosas.17 Específicamente, con el ofrecimiento de misas y ceremonias a la milicia, y con las consagraciones espirituales de los objetos simbólicos de las tropas, el clero diocesano intentó dar respaldo y protección divina al Ejército Español en su lucha contra los independentistas.18
La mayor muestra de estas acciones estuvo relacionada con la celebración de un triduo diocesano con sede en la Iglesia Catedral, en los días 20, 21 y 22 de marzo de 1896.19 En ese tiempo, el clero de la diócesis debió celebrar misas pidiendo por la paz y el triunfo de España en el conflicto, mientras en la sede del evento el prelado y el clero episcopal bendijeron una nueva bandera hispana enviada por la reina para el Ejército Español y enfocaron sus prédicas en cómo alcanzar el favor de Dios para la obtención de la victoria.20
El problema con estas muestras de ayuda espiritual estuvo en su contraposición conservadora con la definición moderna de las relaciones Iglesia -Estado. En este sentido, como fue establecido en el Congreso Eclesiástico de Zaragoza en 1891, los delegados recomendaron a los sacerdotes y fieles católicos la abstención de participar en contiendas políticas, intentando cumplir con la noción moderna de la separación de poderes entre la Iglesia y el Estado.21 Sin embargo, las garantías particulares dadas a la institución por la alianza entre la Santa Sede y la Corona obligaron al obispado habanero a conservar el antiguo sistema de relaciones Iglesia-Estado. Esto dio respaldo a la diócesis habanera para tomar parte en la Guerra del 95, apoyando espiritualmente la causa hispana, cuando verdaderamente la institución eclesiástica debió de permanecer neutral ante la contienda, abogando por la pacificación de la Isla sin tomar partidos por ninguno de los beligerantes.
Además, el compromiso del clero diocesano con su feligresía demandaba su no participación en la contienda, estando obligado a ofrecer servicios espirituales a los fieles de la diócesis sin importar su posición política. Como aconteció en los primeros años de la Guerra del 68, donde la inexistencia de buenas relaciones entre la Iglesia y los gobiernos hispanos del Sexenio Liberal alejaron al clero episcopal de la diócesis habanera de tomar partido abiertamente en la contienda bélica.22
Asimismo, las cartas pastorales y mensajes espirituales del obispo Manuel Santander y Frutos constituyeron el hilo conductor de las políticas del obispado frente a la contienda. En la lógica del prelado, los insurrectos eran “hijos del diablo”, mediante los cuales Dios estaba castigando a las poblaciones hispanas por la abundancia de placeres, vicios y males del mundo moderno.23 En su alegoría, España representaba a Dios, al catolicismo y a las buenas costumbres, mientras los mambises esparcían el mal como verdugos del diablo por las tierras cristianas. Para poner fin a los padecimientos del pueblo, el obispo llamó de forma consecutiva al arrepentimiento y a retomar los viejos valores cristianos: “Los ciudadanos deben arrepentirse de su mal camino [...]. Cerrar los lugares de vicio y juego, y abrir los templos [...]”.24 Además, declaró justa y santa la guerra de los españoles contra los insurrectos, supuestos portadores de la barbarie y destrucción sobre las familias cristinas, las propiedades y los negocios de los buenos españoles. El prelado escribió: “Dios esta con España y su santa guerra [...].25
Por último, en correspondencia con lo expuesto, el apoyo material ofrecido por el obispado a la causa española evidenció la solidez del pacto establecido por el clero diocesano con el gobierno metropolitano. Esta ayuda significativa se materializó en los recursos, bienes, propiedades eclesiásticas y servicios materiales del clero castrense puestos a disposición de la Capitanía General de la Isla por parte del obispado para su utilización en la campaña bélica. De antemano, con la primera de estas concesiones, el 23 de junio de 1895, el prelado puso en manos de las fuerzas hispanas las propiedades eclesiásticas de toda la diócesis.26 Con ellas, los beligerantes peninsulares pudieron reforzar sus líneas defensivas, trasformando estos edificios en poderosos fuertes o en áreas de resguardo en las zonas rurales, debido a las gruesas paredes de mampostería de la mayoría de las parroquias de la diócesis.27
De la misma manera resultaron relevantes las facultades especiales otorgadas por la reina regente a las autoridades en la Isla y al clero para contener a los independentistas. Esta concesión tuvo sus orígenes en un informe enviado al Ministerio de Ultramar y a la Corona por los prelados de la provincia eclesiástica de las Antillas Hispanas en noviembre de 1895.28 En el evento se expusieron los principales males que afectaban a la sociedad católica en la región y las consideraciones para resolver estos problemas. Específicamente, los prelados centraron su discurso en la irreverencia religiosa generalizada en las sociedades ultramarinas, por la abundancia de promotores de la enseñanza laica, liberal y ajena al catolicismo. Como expresaron los líderes eclesiásticos:
De esta forma, la actuación e influencia del obispo Santander fue efectiva para la aprobación de medidas represivas, con el objetivo de contener a los independentistas mediante la persecución de los sectores y grupos sociales alejados de la fe católica. Estas proposiciones se materializaron en marzo de 1896, con el envío de una serie de instrucciones al capitán general Valeriano Weyler para hacer cumplir las consideraciones de los prelados:
En sentido general, estas muestras de ayuda material confirmaron la radicalización y el fortalecimiento de la posición oficial del obispado de La Habana. Concretamente, la institución eclesiástica pasó de defender su credo, costumbres y tradiciones por medio del diálogo con los sectores de la sociedad insular, a la manifestación concreta de una alianza con el poder político para eliminar a los enemigos de la fe. De ese modo, la diócesis habanera se hizo partícipe voluntaria del poder, contribuyendo a la reproducción de métodos y estrategias de control y represión en el territorio insular, en cumplimiento con las garantías dadas por la Corona para el predominio del catolicismo en la región.
Los costos de la contienda: una diócesis devastada
Las acciones desarrolladas por el obispado en apoyo a la causa hispana trajeron graves consecuencias para la institución eclesiástica. Éstas se convirtieron en un arma de doble filo para la diócesis, afectando la estabilidad y el funcionamiento de su red parroquial. De hecho, si bien el catolicismo estuvo marcado por la crisis frente a las concepciones modernas, con la alianza el clero diocesano se precipitó a la destrucción de sus propiedades, al abandono del trabajo eclesiástico y a la pérdida de su influencia sobre la sociedad insular.
La primera de estas afectaciones estuvo relacionada con la entrega de las propiedades eclesiásticas al ejército español para su uso en la campaña bélica. En la gesta fueron ocupadas alrededor de cuarenta y un parroquias (véase tabla 2). En un inicio, esto sólo provocó la desarticulación del clero parroquial al quedar los sacerdotes impedidos de cumplir con sus labores pastorales por no disponer de locales. De hecho, algunos párrocos no estuvieron conformes con la disposición, estando conscientes de las graves consecuencias de implicar a la institución en el conflicto armado. Tal fue el caso del sacerdote Joaquín Estrada, párroco de Santa Clara, quien consultó al obispo Santander sobre la cuestión al ser notificado por el alcalde sobre la ocupación de su parroquia y cuestionó la disposición en la junta pública de la villa, exponiendo de la existencia de otros edificios con condiciones para ocupar en la ciudad, siendo innecesaria la intervención de los templos católicos.31
Tabla 2 Relación de las parroquias afectadas ante la Guerra del 95
| Estado de las parroquias | Cantidad de afectaciones |
|---|---|
| Total de parroquias ocupadas por el ejército Español sin recibir daños mayores en el proceso | 20 |
| Total de parroquias afectadas por las tropas españolas durante la ocupación | 21 |
| Total de parroquias ocupadas por las tropas españolas | 41 |
| Total de parroquias destruidas, quemadas o dañadas por los independentistas | 24 |
| Total de parroquias afectadas por ambas fuerzas bélicas | 45 |
| Total de parroquias intervenidas o afectadas en sentido general | 65 |
| Parroquias que no fueron dañadas, ni ocupadas | 7 |
Fuente: Elaboración propia con base en Archivo Histórico del Arzobispado de La Habana (AHALH), f. Comunicaciones, leg. 60, exp. 8, 38, 61, 63, y 89; leg. 62, exp. 36, y libro de actas del Cabildo Catedralicio, libro de 1895-1902.
No obstante, más allá de la intervención del ejército español en las parroquias, otro factor que contribuyó a la desarticulación del clero parroquial quedó evidenciado en el avance de las tropas independentistas por las regiones de la Isla. En esta lógica, con la entrega de las propiedades eclesiásticas a las tropas hispanas, el Ejercito Libertador identificó a la institución eclesiástica como una entidad completamente al servicio del Estado español, quedando obligado a arremeter contra las propiedades eclesiásticas para limitar las posibilidades de su enemigo. Esto provocó la salida de una buena parte del clero parroquial de sus jurisdicciones diocesanas, abandonando sus labores y responsabilidades pastorales. Las evidencias de ello fueron mostradas en los informes envia dos a la sede episcopal por los vicarios eclesiásticos de la diócesis.32 Específicamente, en 1896, el vicario eclesiástico de Trinidad reportó sobre la permanencia en el territorio de tan sólo ocho sacerdotes con más de la mitad de las parroquias ocupadas militarmente, quedando el resto en muy mal estado o destruidas. Como ejemplo, puso al sacerdote Daniel Borrego, quien asumió las labores pastorales en las parroquias de Caracusey, Río Ay, San Pedro y San Blas de Palma, tras el retiro del sacerdote Guillermo Gómila.33 Asimismo, en el informe del vicario eclesiástico de Pinar del Río aparecieron irregularidades alarmantes. Según el escrito, estuvieron ausentes de sus parroquias ocho presbíteros, de los cuales la mitad se reportó cerca de La Habana, mientras que el resto no dio partes de su estado o ubicación.34
En correspondencia con lo mencionado, otra de las afectaciones al clero parroquial fue vista en la destrucción de las propiedades eclesiásticas. Según los informes enviados a la sede episcopal, entre 1895 y 1898 fueron devastadas alrededor de cuarenta y cinco parroquias del obispado.35 La muestra de cuán preocupante se volvió esta situación quedó evidenciado en la operación realizada por el Cuerpo de Voluntarios del poblado de Dimas, con el objetivo de desembarcar en la playa de Bajas (Pinar del Río) para rescatar los bienes eclesiásticos de esa parroquia.36
No obstante, aunque la mayoría de estas afectaciones y daños de peso fueron provocados por las tropas independentistas en su avance hacia el occidente cubano (24 afectaciones), en realidad, cerca de la mitad de los desastres estuvieron relacionados con la estancia del ejército español en las propiedades eclesiásticas (21 afectaciones). El sacerdote Jerónimo Díaz, párroco del poblado de Quivicán, escribió sobre el asunto:
Estos procesos demostraron el error y el fracaso de la Iglesia al reforzar su campaña oficial conservadora mediante el fortalecimiento del pacto con la Corona española. De manera que las acciones y las muestras de apoyo a la causa hispana se revertieron contra la institución eclesiástica, llevando a la desarticulación del clero parroquial y a la destrucción de la mayoría de las propiedades eclesiásticas rurales de la diócesis. En ello jugaron un papel fundamental las autoridades hispanas, quienes abusaron de las facultades ofrecidas por el obispado. El propio obispo Santander y el clero episcopal se dieron cuenta de su error a lo largo de la contienda bélica. De hecho, al transcurrir un año de la entrega de las parroquias al ejército, el prelado envió una misiva al capitán general Valeriano Weyler, demandando la devolución de las propiedades eclesiásticas ocupadas innecesariamente.38
En relación con esto, la ocupación y los daños a las propiedades eclesiásticas repercutieron en los otorgamientos del presupuesto anual del obispado, afectando las arcas de la institución y el salario del clero diocesano.39 Específicamente, la existencia de parroquias intervenidas o dañadas obligó a los sacerdotes a buscar alquileres para el resguardo de los archivos y bienes eclesiásticos, haciendo imposible a la administración española suplir con todos los gastos demandados por la institución.
Para tener una noción de hasta dónde llegaron las cifras de estos alquileres, basta mencionar el pago anual por el arriendo de tan sólo seis de las sesenta y cinco parroquias afectadas, deuda correspondiente a los 962.4 pesos (véase tabla 3). De esta manera, a la capitanía general de la Isla le fue imposible corresponder de forma inmediata con las demandas del prelado para obtener el pago de todos los locales arrendados. Esto introdujo al obispado en un inmenso proceso burocrático frente a la administración española para conseguir el pago de los arriendos. Así respondió la Capitanía General de la Isla al obispo Santander:
Tabla 3 Relación del costo de algunas parroquias afectadas durante la Guerra del 95
| Algunas de las parroquias afectadas | Costo de reparación de las propiedades eclesiásticas | Alquiler mensual del local para resguardo de los bienes eclesiásticos | Estimación del pago anual del local arrendado |
|---|---|---|---|
| Parroquia de Batabano | ____ | 10 pesos con 60 centavos mensuales | 127.2 pesos anuales |
| Parroquia de Consolación del Sur | ____ | 15 pesos mensuales | 180 pesos anuales |
| Parroquia de San Luis | 1 704 pesos | 10 pesos con 60 centavos mensuales | 127.2 pesos anuales |
| Parroquia de San Antonio de Río Blanco del Norte | ____ | 20 pesos mensuales | 240 pesos anuales |
| Parroquia de Güira de Melena | ____ | 12 pesos mensuales | 144 pesos anuales |
| Parroquia de Palmillas | 126.50 pesos | 12 pesos mensuales | 144 pesos anuales |
| Parroquia de Candelaria | 2 142.50 pesos | ____ | ____ |
| Parroquia de Caimito | 704 pesos | ____ | ____ |
| Parroquia de Hoyo Colorado | 3 590 pesos | ____ | ____ |
| Parroquia de Bacuranao | 2 636.50 pesos | ____ | ____ |
| Parroquia de Tapaste | 365 pesos | ____ | ____ |
| Parroquia de Nueva Paz | 1 420 pesos | ____ | ____ |
| Parroquia de Canasi | 800 pesos | ____ | ____ |
| Parroquia de San Nicolás de Bari | 2 213 pesos | ____ | ____ |
| Total de presupuesto | 15 701.50 pesos | 80.20 pesos mensuales | 962.40 pesos anuales |
Fuente: Elaboración propia con base en AHALH, f. Comunicaciones, leg. 60, exp. 11, leg. 62, exp. 36, y libros de actas del Cabildo Catedralicio,libro de 1895-1902.
La extensión de este proceso llevó nuevamente a la demanda del pago de los locales arrendados, mediante una publicación en el Boletín Eclesiástico a principios de 1897.41 Esto se debió a lo problemático en que se convirtió el asunto con la prolongación de la guerra, afectando cada vez más las propiedades de la red parroquial. Además, a ello se sumaron los inmensos costos de reparación de las propiedades dañadas a finales de 1897, cifras que alcanzaron los 15 700 pesos en correspondencia con tan sólo diez de estas parroquias afectadas (véase tabla 3). De la misma manera, a lo largo de la contienda bélica, la Secretaría de Hacienda consideró necesario afectar los honorarios del clero diocesano, debido a la falta de fondos para asumir las necesidades presupuestarias de la administración hispana en la Isla. A tal grado llegaron las irregularidades y el atraso en el pago de los honorarios del clero diocesano, que para principios de 1899, el obispo Santander se vio obligado a enviar reclamaciones al Estado español, exigiendo de forma respetuosa el pago de lo que se le debía al clero diocesano.42
En sentido general, estas afectaciones económicas demostraron la profundidad del daño causado a la diócesis tras su participación en el conflicto bélico. Concretamente, su dependencia de la Capitanía General de la Isla terminó perjudicando al clero diocesano y a la red parroquial, como consecuencia del aumento de las afectaciones e irregularidades en la administración hispana con el avance de los independentistas.
Por otro lado, el apoyo dado a la causa española por el obispado de La Habana contribuyó al fortalecimiento de la irreverencia religiosa hacia el catolicismo en la sociedad insular. De manera que los valores morales y los principios cristianos defendidos tradicionalmente por la institución eclesiástica entraron en contradicción con las acciones desarrolladas por el obispado. Como fue expuesto en el epígrafe anterior, la diócesis no debió tomar partido en la contienda bélica. Este proceso no sólo dañó la imagen de la institución, en el transcurso también quedó afectado el prestigio moral y social del clero diocesano al mostrar sus incapacidades para obrar en determinadas cuestiones. Esto fue evidenciado en los conflictos de los párrocos con las autoridades españolas para evitar el entierro de los reconcentrados desconocidos en los cementerios parroquiales, y en los intentos de cobrar servicios de sepultura a la administración española por los soldados caídos. Estos pleitos fueron tan escandalosos que llevaron al prelado a emitir una circular oficial, autorizando a los sacerdotes para el entierro de todos los fallecidos.43
Asimismo, la mayor muestra del deterioro en el clero diocesano apareció con la derrota española a mediados de 1898, cuando un grupo numeroso de sacerdotes nativos realizó una proclama a favor del triunfo independentista y en contra del clero hispano. De modo que el apoyo ofrecido por el obispado al ejército español no fue bien recibido por todo el clero diocesano, mostrando la existencia de varios párrocos en desacuerdo con el clero de procedencia hispana. Así lo manifestaron dichos sacerdotes:
De camino a la restauración: transformaciones inmediatas
Con la derrota española en el verano de 1898 se produjo un cambio en la posición oficial del obispado de La Habana. La pérdida del respaldo político que garantizaba la defensa del catolicismo en la región y los malos resultados de las campañas conservadoras llevaron a la diócesis a desestimar su antigua política oficial, en función de trazar una nueva estrategia de reconciliación y entendimiento con la sociedad insular. Con dicha transformación, el obispado buscó reflejar cierta aceptación del estado de la institución eclesiástica frente a la modernidad, con la intención de introducir a la diócesis en los rejuegos del mundo liberal. Sin embargo, en un primer instante, esta política quedó desarticulada por los continuos intentos de conservar su estatus y privilegios de épocas anteriores.
El primero en llevar a cabo dicha política fue el propio obispo Manuel Santander y Frutos, una vez confirmada la derrota española frente a las tropas norteamericanas. La carta pastoral del 24 de octubre de 1898 mostró estas intenciones.45 Con ella, el prelado intentó calmar a los fieles y al clero, anunciando que la Iglesia no debía temer por el triunfo de los norteamericanos e insurrectos. Para respaldar esto, alegó que los cubanos eran católicos por convicción y habían manifestado un buen trato al clero durante la guerra. En sentido general, estas nuevas declaraciones del obispo Santander fueron contradictorias en comparación con las cartas pastorales emitidas por él mismo en los meses anteriores, condenando y desmoralizando a los independentistas y norteamericanos en la gesta bélica. Sólo que las nuevas circunstancias movieron al prelado a preparar un escenario propicio para el establecimiento de futuras relaciones favorables para la diócesis con el gobierno que se estableciera en la Isla.
Además, con esta actitud conciliadora el líder eclesiástico previó garantizar el bienestar del obispado, siendo consciente de que el establecimiento de un Estado moderno arremetería contra los antiguos privilegios y propiedades eclesiásticas de la institución. De ahí las intenciones de no mostrarse como un peligro para el nuevo gobierno interventor norteamericano imperante en la Isla.
Esta preocupación quedó evidenciada en las consideraciones enviadas por el alto clero diocesano al funcionario español encargado de la evacuación hispana de la Isla. Con ellas, el episcopado recordó a las autoridades hispanas tener en cuenta una favorable definición para la Iglesia católica insular en las negociaciones del tratado de paz, garantizando los siguientes reclamos: “Exigir que la Iglesia tenga libertad y oportunidades... Respetar y cuidar de las propiedades y muebles de la institución... Devolver estos bienes al clero... Respetar y conservar los anteriores derechos del clero [...]”.46 De esta manera, aunque la nueva posición del obispado reflejó cierta asimilación del Estado de la institución frente a la modernidad, el clero episcopal y el obispo Santander continuaron reproduciendo parte del mismo mensaje en sus acciones y negociaciones, en función de garantizar el bienestar de la Iglesia en la región.
Los problemas con esta posición conciliadora llegaron en los primeros meses de 1899, haciendo imposible a la diócesis continuar inerte ante las disposiciones del nuevo gobierno interventor norteamericano. Específicamente, el gobernador John Brooke dictó una serie de medidas en contraposición con los servicios sacramentales ofrecidos por la Iglesia, entre las cuales tuvieron un peso significativo la prohibición del pago obligatorio de derechos parroquiales al clero por el ofrecimiento de sus servicios espirituales y la autorización a los ayuntamientos para traspasar los cementerios al control civil.47 Estas acciones afectaron directamente las labores pastorales del clero y las ganancias recibidas por éste para su sustento, constituyendo en sentido general un golpe significativo para la autoridad y relevancia de la Iglesia en la sociedad.
En correspondencia con ello, el obispo Santander jugó un papel importante, reorientando al obispado para contener el impacto perjudicial de tales disposiciones en la institución eclesiástica. A lo largo de1899, entre declaraciones oficiales y disputas legales, el prelado protagonizó alrededor de diez hechos con estos fines.48 De ellos, causaron especial revuelo en la sociedad habanera las batallas jurídicas del obispado por el control de los cementerios habaneros de Marianao, Guanabacoa y Colón.49 No obstante, lo significativo de este proceso estuvo relacionado con el fallo en los intentos del obispado por tratar de esbozar una política oficial que introdujera a la diócesis en los rejuegos del mundo moderno.
Así como, se evidenció en el clero episcopal la permanencia del mismo pensamiento conservador y reacio a la aceptación de las concepciones de la ideología liberal. Concretamente, la institución erró al mostrar una posición conciliadora con la sociedad insular y el gobierno interventor, pretendiendo contener las disposiciones contra la Iglesia, sin percibir que tales medidas se hacían inevitables ante las nuevas circunstancias.50
De forma contraria, fueron más efectivos los intentos del obispo Donato Sbarretti por llevar a cabo la política oficial de conciliación e introducción del obispado en el mundo moderno.51 Como expresó el prelado en su primera alocución, al ser recibido el 24 de febrero de 1900 en La Habana: “Mi misión es paz... acogeré con afecto a los fieles de toda esta diócesis, sin definición de clases, de color, de razas, de nacionalidad, de opiniones o partido político. Todos los fieles son hijos adoptivos del mismo Padre Celestial [...]”.52 En este sentido, el éxito del obispo Sbarretti se debió al desarrollo de sus proyectos sin chocar con las costumbres y nociones de la sociedad moderna. Esto no quiere decir que el prelado no actuó ante las concepciones contrarias y ajenas a la fe católica, sino que defendió los intereses del catolicismo evitando conflictos con el resto de los grupos y creencias existentes en la Isla. De ahí que sus proyectos permitieron sentar las bases para la integración del obispado de La Habana en la sociedad insular, sin llegar al rechazo de las nociones liberales.
Las cautelosas disposiciones del prelado confirmaron sus intentos por no seguir perjudicando a la diócesis y a su red parroquial. Muestra de ello fue la suspensión de las celebraciones hispanas de Santiago Apóstol en el mes de julio para evitar los conflictos que pudieran acontecer entre el clero español y los grupos nacionalistas.53 Asimismo, ante los preparativos del gobierno interventor para el establecimiento de los registros civiles, el obispo Sbarretti colaboró con dicha administración, ordenando al clero diocesano la entrega de los censos parroquiales y la información necesaria a los funcionarios correspondientes.54 Ambas cuestiones evidenciaron las intenciones del prelado para conectar al obispado con las demandas y necesidades de la población diocesana, evitando que las propias políticas de la institución constituyeran un obstáculo para el restablecimiento de buenas relaciones entre el catolicismo y la sociedad.
De la misma manera, el prelado encontró soluciones efectivas para enfrentar las concepciones modernas y las creencias ajenas al catolicismo. Específicamente, para contener el impulso dado a la enseñanza laica por la administración norteamericana mediante sus reformas educativas,55 el líder católico promovió la enseñanza eclesiástica, el catecismo y los conocimientos modernos ligados a la fe, creando las condiciones para la reactivación de los colegios eclesiásticos de la diócesis.56 La efectividad de esos proyectos educativos quedó evidenciada en los reconocimientos del diario La Unión Española al trabajo de los padres jesuitas en el Colegio de Belén.57
Por otro lado, para contener la expansión masiva de las denominaciones protestantes en el territorio insular, se decidió establecer una comisión diocesana en función de evaluar el trabajo de los pastores y misioneros protestantes, manteniendo informado al clero diocesano de los progresos de obras evangélicas.58 Con estas estrategias, el clero episcopal demostró haber desarrollado una política efectiva para introducir y garantizar la estabilidad de la institución eclesiástica en el mundo liberal. El espíritu y los métodos eminentemente conservadores del obispado fueron sustituidos por la paulatina aceptación del estado del catolicismo ante la modernidad, redefiniendo nuevos métodos para incorporar a la diócesis en la sociedad sin eliminar completamente su esencia moderada.
A pesar de lo mencionado, el mayor logro de la diócesis bajo la conducción del obispo Sbarretti estuvo relacionado con las ganancias obtenidas para la institución tras sus negociaciones con el gobierno interventor. El buen desempeño del prelado y sus colaboradores en estos acuerdos garantizaron al obispado la devolución y compra-venta de las propiedades eclesiásticas retenidas por la administración norteamericana, el pago de los compromisos atrasados por el arriendo de esos terrenos, el reconocimiento de la legalidad del matrimonio canónigo y el permiso para enviar una misiva a la asamblea constituyente, presentando algunas de las consideraciones del clero diocesano sobre los temas debatidos allí.59 Estas negociaciones evidenciaron las capacidades desarrolladas por el clero episcopal para representar y defender a la institución frente a un Estado moderno. Con la ayuda del obispo Sbarretti, el obispado superó su dependencia del antiguo pacto entre la Iglesia y el Estado, adquiriendo las capacidades para la proyección de sus demandas e intereses como una entidad independiente frente al gobierno interventor.
Sin embargo, las labores del obispo Donato Sbarretti en el obispado de La Habana padecieron de algunos inconvenientes. La política oficial de la diócesis quedó algo inerte ante las demandas del clero nativo al prelado, exigiendo al Vaticano su revocación y la elección de un obispo nativo (cubano) para la diócesis habanera. De hecho, las fallas en la política oficial del obispado no estuvieron relacionadas con el contenido de los proyectos y acciones desarrolladas por el obispo Sbarretti, sino en la oposición de una parte de este clero a las disposiciones del prelado extranjero.60 En este sentido, con la derrota española, el clero nativo esperó el nombramiento de un sacerdote cubano para la diócesis habanera, pero de forma contraria las circunstancias políticas por las que atravesaba la Isla llevaron al nombramiento del sacerdote italiano Donato Sbarretti. El delegado apostólico Luis Placide Chapelle lo consideró idóneo para el puesto, pues los anteriores servicios de Sbarretti en representación del catolicismo frente al gobierno norteamericano demostraron sus capacidades para resolver los problemas jurídicos de la institución.
Estas demandas del clero nativo terminaron afectando al obispado tras su impacto en la sociedad insular. Particularmente, los veteranos independentistas no vieron con buenos ojos el arribo de un prelado extranjero de buenas relaciones con los norteamericanos, en un momento tan crucial donde se determinaba el futuro de Cuba frente a los Estados Unidos. Como resultado, las demandas fueron respaldadas por un amplio sector de la sociedad, mediante la conformación del Comité Popular de Propaganda y Acción contra el prelado extranjero. Esta campaña no tuvo demandas de peso. En esencia, sus objetivos giraron alrededor de la sustitución del obispo Sbarretti por un sacerdote cubano al frente de la diócesis. De esta manera, los asuntos internos del obispado trascendieron a la sociedad como un problema político, obviando las capacidades y labores del obispo Sbarretti al frente de la institución. Así lo demostraron las declaraciones de los párrocos Manuel Doval y Alejandro Mustelier, quienes representaron al clero nativo en las demandas contra Sbarretti:
La campaña contra el prelado no desarticuló sus proyectos para el obispado, aunque sí levantó obstáculos en el desarrollo de la política oficial para reconciliar e introducir a la diócesis dentro de la sociedad insular. Específicamente, la oposición contra el obispo trató de utilizar todo argumento posible para desacreditar y simplificar sus labores en la diócesis, realizando constantes declaraciones en la prensa, discursos y reuniones, recogidas de firmas, y enviando representantes y misivas al Vaticano. Un ejemplo de ello quedó evidenciado en las acciones del Comité Popular de Propaganda y Acción para la fundación del Colegio Politécnico Mustelier y Doval, haciendo frente a las disposiciones del prelado para fomentar la enseñanza eclesiástica y moderna no perjudicial para la fe.62 A tal punto llegó la intromisión de los sectores sociales en las cuestiones internas de la institución, que incluso después de presenciar el traslado del prelado a finales de 1901, las demandas continuaron exigiendo al gobernador apostólico de la diócesis, arzobispo Francisco Barnada, su inmediata intercesión para la elección de un sacerdote cubano.63
De manera que estas acciones contribuyeron a dañar el prestigio de la diócesis frente a la sociedad, mostrando supuestamente a una institución eclesiástica con desórdenes y litigios. Además, las críticas y los descréditos a las labores y gestiones del prelado en la conducción y defensa de los intereses del obispado crearon obstáculos en la obtención de resultados completos y favorables en dichas cuestiones. No obstante, tales maniobras no pudieron evitar la incorporación y transición del obispado de La Habana a la sociedad moderna.
Por tanto, la nueva política impulsada por el obispo Donato Sbarretti permitió a la diócesis habanera interactuar y ganar visibilidad frente a la población insular, borrando las fallas cometidas por la institución en años anteriores. Como fue mencionado, el apoyo brindado por el obispado de La Habana a la causa hispana durante la Guerra del 95 contribuyó al fortalecimiento de su posición oficial conservadora, llevando al clero diocesano a tomar partido en el conflicto bélico. Dicha campaña trajo terribles consecuencias para la institución y su red parroquial, afectando las propiedades y bienes eclesiásticos, sus arcas monetarias y al propio clero diocesano. Así que esta posición terminó perjudicando a la institución eclesiástica y al catolicismo, en general, en el territorio. Esto hizo necesaria una transformación en la política oficial del obispado, buscando la reconciliación armoniosa del clero con la población diocesana. Por ello, las labores y trasformaciones efectuadas por el obispo Donato Sbarretti fueron efectivas para la construcción de una Iglesia acorde con los tiempos modernos.